Capitulo tres

1155 Words
El día de la Compra Real. Nótese el sarcasmo. Desperté, por el toque de la puerta. El día anterior me había acostado tarde por estar leyendo frenéticamente. Tratando de despejar mi mente de los acontecimientos del día de hoy. Cosa estúpida, puesto que cada cierto tiempo pensaba en el hecho. No podía evitarlo. Odiaba el simple hecho de ser parte de esa maldita compra real. Sorprendentemente, desperté de buen humor, puesto que mi departamento estaba limpio, no me tropecé con nada. Puse la cafetera a hacer un café, mientras el personaje detrás de la puerta continuaba tocando. – ¡Ya voy! – grité mientras me lavaba los dientes. Me lavo el rostro y con la goma de pelo que tengo en la muñeca me hago una coleta –. ¡Ya voy! ¡Ya voy! Al abrir la puerta, una multitud –bueno no multitud, al menos seis personas – penetró mi espacio personal. – Buenas tarde, señorita. Somos El servicio de ayuda personal. Fuimos enviados para proporcionarle lo necesario para el baile de esta noche. – Les agradezco, pero puedo arreglarme por mi propia cuenta. Pueden retirarse. – Lo siento, señorita. Pero hemos sido ordenados a ayudarle. – Niego nuevamente –. Si se niega nos sancionarán de nuestros quehaceres, duquesa. Me compadezco. Y asiento. El dichoso servicio real, me transforma en una dulce princesita con el pasar de las siguientes horas. Soy depilada y maquillada luego de un tratamiento natural en el rostro. Me hacen un maquillaje ligero que acentúa mis facciones. A la hora de ver el vestido uno dorado y con pequeños diseños en plateado con escote en V y con una apertura en mi pierna izquierda, una nota con una pulcra grafía denota dejándome anonada por unos segundos: Porque te tengo y no Porque te pienso Porque la noche pasa y digo amor Porque has venido a recoger tu imagen Porque eres mejor que todas tus imágenes Porque eres linda desde los pie Hasta el alma. Al desconocer la grafía y la razón paso por alto esa dedicatoria amorosa y continúo vistiéndome. A continuación en otro de los paquetes unos pulcros zapatos de punta fina también dorados. Me habían hecho una coleta alta, que daban una mejor vista de los pendientes color plateado con forma de estrellas, una estrella como yo. Sí, me amo demasiado. Me sentía hermosa y lo estaba también. Como una princesa ¡oh, quizá podía jugar a ser Cinderella por un día! ¡Incluso tenia uñas acrílicas a juego con el vestido! Llegando tarde como era ya costumbre en mí. Me introduje en el Audi r8 n***o, que padre me había obsequiado de cumpleaños número veinte. Pero, que no usaba ya que vivía en una zona muy humilde y omitía llamar la atención. Por ello, hoy lo envió adjunto con un chófer y un esbirro. Asegurándose con esto, de que asistiera al dichoso baile. Eran pasadas las nueve. Y, se suponía que debíamos estar a las siete. Aún así, reconozco que ha sido mi total culpa. Mientras me hacían el tratamiento facial me quedé dormida. Dos horas de sueño. Y dos horas tarde. Los chicos no me despertaron por temor a mí reacción. Cosa que me pareció ilógica, puesto que suelo ser bastante fresca y natural con todo el que me rodea. Estaba nerviosa y me enojaba estarlo. ¡Porque quién era ese príncipe para enervarme a mí! Eso. Nadie. Ni siquiera me conocía, ni yo a él. Así que paz, Rose. Paz, Rose. Paz, Rose. Paz, Rose. Paz, Rose. – Señorita, ya hemos llegado. – el esbirro abre mi puerta. Y, con delicadez tal como vi en un video de Youtube antes de venir aquí. En realidad, no fue así, fui obligada por padre a tomar clases de etiqueta, salgo del vehículo. Fuera del lugar hay miles de autos, lo que indica las miles de chicas con hormonas alborotadas dispuestas a ser compradas por el hermano de Rosalía. Subo las largas escaleras hacia el salón donde será el baile, mientras soy tentada a perder todo glamour y retirar los zapatos de mis pies. Repito mi mantra: ¡Paz, Rose! ¿escuchas? PAZ, ROSE. Repite conmigo. – Paz, Rose. – repito una y otra vez en un susurro –. ¡Oh, al fin el termino de estas escaleras! Dentro, hay un largo pasillo. Con esbirros en cada lugar. Los ricos y la seguridad. Entrego mi invitación, y antes de que mi nombre sea anunciado, lo silencio. Odio la atención. Al entrar al gran salón, tal y como pensé. Hay cientos de chicas luchando por la atención del príncipe. En una larga fila. En el centro del escenario, donde además de las miradas, están concentradas las luces. Los reyes y Rose están sentados en una plaza en la segunda planta del lugar mientras observan con atención a su adorado príncipe. Desde donde estoy no puedo tener una visión clara de él. Por ello, busco con la mirada a padre, y lo encuentro al lado del rey, la silla a su lado vacía. Supongo que es de su dichosa 'esposa' Margaret. A ella la encuentro segundos después cerca de su hija Greta. Me alejo de donde están, ya que es próximo a mí. La mesa de bebidas y bocadillos me hipnotiza. ¡No pude comer nada hoy! Además del café, claro. Y muero de hambre. Mientras engullo en las frutas en mi tercer cóctel, de espaldas a la multitud. Alguien carraspea su garganta tras de mí. Me volteo dejando caer la copa de cristal Bohemia de al menos cien euros, el sonido queda eclipsado por la música. – ¡Estoy en el cielo y no lo sabía! – de inmediato tengo calor. Semejante adonis. ¡Si está buenísimo! El desconocido me aleja un poco del desastre que acabo de formar. – El que está en el cielo soy yo. – dice y me enervo ¡Su voz! Es ronca, ¿Por qué su voz tiene que ser tan varonil? y, ¿por qué estoy tan nerviosa? –. ¿Me ofrece esta pieza de baile, señorita…? – Rose. Mi nombre es Rose – ¿Por qué demonios estoy nerviosa? –. Antes debería saber quién es, ¿no? – Quien sea es irrelevante, señorita. La importante aquí es usted. Bailamos una pieza especial. Mientras nos miramos a los ojos. Desde este momento mi nuevo color favorito es el verde, el de sus ojos. Me dejo asir por él en el balanceo. Es un experto en eso. Y de un momento a otro me da igual estar siendo el centro de atención si es con él. – ¿Eres el príncipe, no? – le susurro luego de que mientras nos balanceamos, nos llevara a una ala privada. – Y tú serás mi princesa. – su voz es determinante, mientras nos unimos en un beso que, como el fuego, no consumió y terminamos perdidos en el otro.
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