Estoy nerviosa. Más que en mi boda, muchísimo más que el parto natural de mis dos hijos. Mis nervios tienen un nivel distinto. De hecho, ni haber dedicado unos minutos a tener un tiempo de cariño entre ambos (y sí, me refiero con descaro a el acto de hacer el amor) con mi marido ha logrado que esté calma. Hoy, luego de mucho tiempo –un año para ser exactos – llegó el día de la coronación. Debo admitir que no tengo nervios por el acto en sí mismo, más bien por el número de preguntas infinitas que recaen en mi memoria y que no tienen fin. La mayoría son dudas, de las cuales tengo fe en que pueden ser solo ideas absurdas que vienen y van. Pero están ahí. Todo el año había sido de completa preparación. Libros, visitas y la educación de cómo ser una reina. No, no habían sido días difícile

