No era la primera vez que nuestros caminos se cruzaban.
Los baños en las estaciones de trenes solían ser un buen punto de encuentro para homosexuales que buscábamos por las noches una rica boca o un culito estrecho, dispuesto a saciarnos las necesidades del cuerpo.
La primera vez que lo vi, Jean andaba solo. Como era habitual en él, no prestaba atención a nada. Recuerdo que le vi deambular como un fantasma, pasaba de largo haciendo oídos sordos a las habladurías, miradas venenosas de los pibes que, apoyados en la vereda del frente, le miraban con saña.
Pasé por su lado.
Sumergido en ese estado, me ignoró y siguió de largo. Aquello no me afectó en lo mínimo, un rato antes había satisfecho mi necesidad con un pibito que acababa de cumplir veinte, al menos era lo que recordaba de la corta conversación que tuvimos. Quería volver a casa y pegarme un buen descanso.
Jean giró justo antes de que yo arribara al carro. Sus ojos marrones se fijaron un instante en mi costoso carro que pago a plazos, luego me estudiaba a mí. Sin cambiar de actitud siguió su camino.
La segunda vez que nos vimos, yo salía apresurado del trabajo, había olvidado que era el cumpleaños de mi abuelo, y me esperaban. Estaba seguro que sería una velada aburrida a muerte, para coronar la noche, afuera comenzaba a llover; el suelo, los techos, el ambiente se humedecía, en las calles había un aire deprimente que me causaba sosiego, pero mi necesidad era mucho más fuerte, me impulsaba a buscar a alguien, quien sea, con quien saciar mis ganas de coger.
Decidí desviarme del camino, y conduje hasta mi lugar habitual, Palermo. Quería alivianar la nochecita aburrida que me esperaba.
Y ahí estaba yo, en medio de esas calles desiertas, con luminarias llamativas, debido a la lluvia el suelo estaba lodoso. Pero esa noche, a parte de mí, no había una sola alma cerca. Esa noche no iba a tener suerte, estaba resignado a dar media vuelta e irme al cumple de mi abuelo, pero entonces lo vi. Vi que Jean doblaba la calle, parecía que buscaba algo, quizás a alguien. Me quedé mirándole un buen rato, por su facha estaba claro que venía de alguna villa marginal, seguramente era uno de esos pibes que había dejado la escuela y que se dedicaba a perder el tiempo en vez de estudiar, no era nada raro que pasara el rato en esos lados. Pero pensar en todo eso, en ese momento no importaba, lo que quería era un culito, SU culito, en ese momento me venía bien, como anillo al dedo.
Cuando Jean llegó a la parada del bus, un pibe que salió de la nada, le arrojó a la cara una vieja chaqueta de jeans. El pibe estaba enfadado, pero Jean no le dio la mínima importancia, no se veía afectado por la grosería. Juntó la chaqueta del suelo y se la puso, luego siguió su camino. El otro pibe estaba indignado ante su indiferencia.
― ¡Hijo de puta! ―le gritó, con un puño en el aire.
En ese momento la lluvia empeoraba mi visión, tenía que estacionar. Al bajar la ventanilla sentí el frío en la cara, me amenazaba con uno de esos dolores de cabeza, de aquellos que solían hacerme retorcer de pequeño, hasta ponerme a chillar. Mientras tanto Jean, con la chaqueta en la mano, seguía su camino, a ratos y sin nada de suerte trataba de parar algún coche.
― ¡Malditos! ¡Putos! ―les gritaba.
Jean estaba empapado, y temblaba por el frío. Se detuvo debajo de la parada del 118. Le llamé varias veces, pero no me escuchaba, tuve que salir del coche y acercarme, en eso me empapé la ropa tanto como él.
― ¿Querés uno? ―le ofrecí un cigarro.
Jean miró de reojo, como quien no deseaba hablar con nadie. Mientras yo, buscaba la cajetilla que no encontraba en mis bolsillos.
―Bueno.
Me aguardaba a que le pase el cigarro, que le había ofrecido, al ver que tardaba demasiado, me miró a la cara.
― ¿Qué pasa? ¿No tenés?
Perfecto. Yo, que me vanagloriaba de ser un tipo relajado, que sabía controlarse, estaba nervioso ante él, un pibito de aspecto corriente y desalineado.
―E-espera ―le dije, nervioso.
Por suerte di con el paquete. Con torpeza saqué la cajetilla y se los ofrecí.
Tomó uno y me los devolvió.
―A vos te conozco, venís por acá, seguido ―dijo, mientras trataba de encender el cigarro.
Un mechón, húmedo y rebelde le caía a la cara.
―Vengo cada tanto ¿Querés que te lleve para algún lado? Llueve.
―De eso ya me di cuenta, campeón. Oye ¿podés acercarme al subte? ―su tono era amable, y relajado. Tenía una de las cejas elevadas. Parecía que esperaba un NO de mi parte.
Su mirada tenía algo que me hizo estremecer.
―Claro. Entrá. Justo ahora voy por ese lado.
Regresar al calor del coche era confortable. A mi lado, Jean temblaba, tenía toda la ropa húmeda, y eso me excitaba. Estaba caliente y no podía dejar de pensar en cogerle. Quizás era la poca distancia que nos separaba, o solo era mi calentura, lo que me hacía sentir que se me paralizaba el cuerpo, no me parecía atractivo, pero había algo en él, algo mucho más fuerte y atrayente que me tomaba por sorpresa.
Desde esa distancia, comencé a sospechar que no llegaba a los dieciocho, ese era un verdadero problema que deseaba ahorrarme. Decidí sacarme la idea de cogerle. Tenía que controlarme. Estacioné en la puerta del subte de la línea A en Palermo como me lo había pedido.
La lluvia empeoraba, no parecía que fuera a parar, el frio traspasaba mis huesos, pero eso no era lo peor, lo peor siempre era la humedad, me torturaba con migrañas insoportables.
Hacía frío, mucho frío, yo llevaba una camisa de mangas largas, pero Jean iba en remera sin mangas.
― ¿A dónde vivís? ―le pregunté con la intensión de facilitarle el viaje.
Jean dio media vuelta y se acercó a la ventanilla.
―Acá. ―señaló la entrada al subte.
― ¿Vivís en el subte? –pregunté con incredulidad, seguro bromeaba, aunque, si lo pensaba mejor, eso explicaría el grado de descuido que tenía su aspecto.
―Así es –dijo, sin demostrar vergüenza.
Se despidió con la mano, dispuesto a entrar al subte.
Mientras le veía alejarse, algo dentro de mí me decía que no le dejara marcharse. Se me vino a la mente la idea de invitarle a mi departamento. Aunque existía la posibilidad de que probablemente me sustrajera algo de valor. Era consciente de eso, pero en ese momento no importó.
―Escuché en la tv que se viene una ola polar, hará bajo cero... ¿Qué te parece si venís conmigo? ―le ofrecí, mientras me pasaba la mano por la nuca.
Jean se detuvo, parecía que se lo estaba pensando, al final aceptó y volvió al carro.
Aunque, para ser sincero, si no pensaba cogerle, no tenía sentido invitarle. ¿Por qué lo había hecho?
Esa noche esperaban en casa del abuelo, sabía que no debía faltar por nada en el mundo. No me lo perdonarían, mis viejos decían que podría ser el último cumpleaños que pasemos con él.
Jean sonrió.
―Oye, gracias por llevarme. ―dijo, llevando sus manos frías a mis entrepiernas; se dirigían lentamente a mi m*****o, deseoso de acción.
―Espera… yo no te ofrecí llevarte a mi departamento, para eso...
¿O sí? pero ya no era el verdadero motivo en ese momento.
―Además… sos menor ―agregué.
―Eso es lo que dicen todos, ¿no?
Enseguida se detuvo, y yo lamenté abrir la boca.
Jean se quedó mirando las calles por la ventanilla.
― ¿Siempre lo haces?
― ¿Hacer qué?
―Conducir como anciana. ―dijo con un guiñó.
― ¿Anciana’
Pisé el acelerador a fondo. Estábamos en un punto ciego de cámaras, pisé el acelerador hasta el fondo.
Por suerte el asfalto era nuevo, eso sumado a la humedad, parecía que el coche patinaba.
― ¿Seguís pensando igual? ―le pregunté devolviéndole el guiño.
Estaba seguro que para esa hora, ya no habría más control de tránsito, aceleré de vuelta.
Jean se emocionó. Gritaba, y luego se partía en dos con la risa.
El sonido del teléfono, se escuchaba desde afuera. Sonaba sin cesar. Sabía que era mamá. Nunca puedo ignorar una llamada.
Contesté.
―Mamá, no lo olvidé… diles que estoy en camino ¿ok? Nos vemos allá ―Colgué.
Jean recorría el living como si fuera un museo de arte.
―Ponete cómodo, en un rato bajo. ―Fui, apresuradamente a darme una ducha.
Al bajar lo vi sentado en el sofá. Tarareaba una melodía desconocida. Aún permanecía empapado, me di cuenta que había sido descuidado con él.
―Ahí estás. Perdoname. A la derecha hay un placard. Busca algo que te vaya. No vaya ser que te enfermes. –le señalé sin dejarme de secar la cabeza, pero él no parecía afectado por mi olvido.
― ¿Tenés que salir?
Jean me miraba como si actuara raro.
―Tengo una maldita reunión familiar. –respondí, secándome los brazos. La toalla dejaba ver mi par de piernas. Jean se fijó.
―Debe ser importante para olvidar que tenés un desconocido en casa.
Lo que él no sabía era que en un principio solo pensaba en cogerle, pero en ese momento me parecía que era menor de edad, y no pensaba tocarle un solo pelo. Por otra parte, no tenía corazón para dejarle en medio de la calle, no con esa intermitente lluvia, ¿qué clase de persona sería yo? No soy un monstruo.
― ¡Qué decís! Vos no sos un desconocido para mí, ya nos habíamos visto antes, ¿verdad?
Jean torció la boca en un gesto que parecía decirme que yo estaba loco.
―Si eso cuenta para vos…
Jean alzó los hombros. Todavía me miraba como si fuera extraño mi comportamiento. Fue a buscar algo en el placard y yo me fui a vestirme.
Bajó con un conjunto deportivo blanco, tengo que decirlo, le sentaba bien, parecía uno de esos exóticos modelos italianos. Quizás fuera el blanco de la prenda, o la calidad que resaltaban su piel morena, quería cogérmelo ahí mismo, deseaba morderle cada parte de su cuerpo. Me mantenía lejos de su alcance, para evitar caer en la tentación.
Comenzó a sonar devuelta el teléfono. La maldita cena familiar me esperaba. Miré la hora.
―Tengo que irme ya. Podés buscar algo de comida en la cocina. Si preferís descansar, hazlo donde querrás. ―le señalé el dormitorio, pero Jean se veía algo indeciso.
― ¿Estás seguro que me dejas acá? Podría ser un chorro y no sé…―tenía un tono terrorífico, como si pretendiera meterme miedo―, podría llevarme todos tus valiosos muebles… Quizás ese televisor gigante que tenés en el dormitorio.
En ese momento, sus brillosos ojos, llenos de curiosidad se clavaron en mí. Esperaba ver una reacción mía.
Quizás era el brillo en sus oscuros ojos, o tal vez era su aire salvaje que me dejó sin palabras en la boca. Sea lo que fuera, despertó en mí, un interés peculiar, por él. Traté de argumentar, de darle un motivo razonable, pero yo no pensaba con claridad. Estaba seguro que me sentiría fatal, si le dejaba marcharse en media tormenta. No me lo perdonaría… esta vez no.
―Sos gracioso. –respondí, como si al decirlo tratase de convencerme a mí mismo de que hacía bien.
Jean no se lo creía.
―Si ni siquiera sabes mi nombre... –bufó.
Ahí, yo tenía una ventaja. Le sonreí.
―Creo que yo sé más de vos que vos de mí.
―No te creo.
―Es Jean… ¿me equivoco?
Seguro que con eso lo sorprendería. Jean se quedó pensativo.
―De acuerdo, yo no sé tu nombre, pero…―miró hacia todos lados―, por tu lujoso departamento, puedo deducir ciertas cosas sobre vos.
Sonaba seguro de sí mismo, sería interesante escucharle.
―Quiero ver que lo hagas. ―acepté el reto.
Levanté la ceja izquierda, como siempre que tenía razón, a lo que Jean soltó una suave risilla.
―Pero si lo hago… ¿ganaré algo?
¿Esa era su forma de pedir que hiciera cosas sucias con él?
Desde luego que deseaba aceptar. ¿Pero no debía. Aun así…
―Te daré lo que quieras... ―dije imaginándole desnudo.
Jean abrió los ojos, al escuchar mi propuesta.
― ¿Decís que me darás lo que quiera? ―se llevó las manos a la nuca.
―Te doy mi palabra.
Silencio.
―Está bien, estaré esperando por vos. ―dijo, parecía satisfecho con el trato. Se acomodó en el sofá.
―No creo que sea necesario…estas reuniones suelen tardar más de lo necesario…. Mejor, descansá.
―Nada de eso… aguardaré lo que sea necesario. ―se veía, divino, en el sofá.
Me fui con la idea fija de que en el transcurso de las horas se quedaría dormido, si es que no se iba antes. Imaginé volver y encontrarme con el departamento saqueado.
―Va, tal vez se llevaba las cosas pequeñas nada más.