Ocho

831 Words
Nadie sabía lo que sucedió aquella mañana de crudo invierno, todos estabas consternados ante la noticia de la trágica muerte del amado rey Arturo y no habían indicios de un posible culpable, ¿Quién pudo haber cometido tal atrocidad en contra de un hombre tan bueno y saludable como lo era él? ¿Qué se suponía que harían ahora? — Se llevaban las manos a la cabeza con amargura aquellos pueblerinos que a pesar de estar calados de frio hasta los huesos, no cargaban abrigo— La sola idea de que la ciudad cayera en descontrol nuevamente les era aterradora. — Esto no tiene ni pies ni cabeza — Un hombre fuerte de cabellera roja como la sangre estaba de pie de brazos cruzados, tratando de disimular el frio que sentía a pesar de que sus rosadas mejillas y nariz le delataran por completo, el jefe del clan Jupiter trataba de averiguar lo que había pasado, mientras daba el pésame a los más allegados al rey, incluyendo a sus compañeros desconsolados — Aquí tuvo que haber pasado algo, no me creo esa farsa de que murió a causa de una enfermedad — Sus ojos se mostraban opacos y su cabellera larga se movía junto al viento. — Yo también pensaba eso, pero realmente no se encuentra ningún tipo de pista, eso me está jodiendo — A ellos se acercó Sebastiano. Aquel de cabello azabache que luchaba con todas sus fuerzas para liderar al clan Saturno, tratando de que su gente no se saliera de control se llenaba la boca de consejos y teorías. Las cuales no llegaban a ninguna parte.   Cansado de escuchar las mismas tonterías, los jefes de los clanes percibieron aquella Ominosa presencia que tanto aborrecían, de pie frente a ellos. Con su mirada acusadora y su pálido dedo índice apuntándoles con descaro, Cadmus Mylius estaba asesinándolos con la mirada mientras se iba acercando a ellos — Ustedes…— Sus manos temblorosas y su ceño fruncido solo dejaban notar lo nervioso que estaba — Han pecado contra su rey, sucios blasfemos que alegaban amar al rey con toda su vida de mierda — La confusión se reflejaba en el rostro de los jefes de los clanes — ustedes se han aprovechado de la bondad del rey Arturo ¡Y lo han asesinado en un complot! ¡Traidores! ¿Están satisfechos ahora? ¿Están satisfechos con la muerte del rey? Porque sin duda recibirán castigo divino. — Pare su carroza un momento, no se llene la boca con falsos argumentos. — Trev detuvo la charla acusatoria, notando el odio que se empezaba a reflejar en las miradas de la población. — ¿Acaso son estúpidos? ¿Por qué querríamos tocarle un solo pelo de la cabeza a nuestro señor, a quien le hemos jurado lealtad hasta el último día de nuestras vidas? — ¡Estaban enojados! Todos aquí sabemos que a ninguno le gustó la idea de disolver los clanes porque perderían todos sus privilegios y volverían a ser parte del montón. — Puntualizó Cadmus con odio. — A mí no me metan en sus problemas. — Valentine bajó el dedo acusador que el anterior rey alzó contra todos ellos. — Yo no tengo motivos para matar a nadie ¿Por qué no le pregunta a los demás? Seguro ellas sabrán sus razones. — ¿Por qué yo habría de hacer algo? — Edmond, el jefe del clan Venus alzó la voz por encima de los demás al verse incluido en la conversación. — ¿De verdad son capaces de creer que yo tuve algo que ver? — Si te calza la bota póntela. — Respondió Cadmus con burla. — O más bien pudo haber sido Sebastiano, con su astucia y su escurridiza manera de aparecer y desaparecer. — ¿Yo? — Preguntó el recién aludido, quien señaló rápidamente a Valentine. — ¡Él siempre sabía dónde estaba el rey, en todo momento! ¿Y me culpan a mí por ser escurridizo? Los demás asintieron. — Es obvio que fue Trev. — Edmond se le acercó de manera amenazante. — Él se enojó más que nadie ante la noticia de disolver los clanes porque originalmente es un campesino pobre y tendrá que regresar a plantar nabos con su familia si pierde su cargo como jefe del clan de Urano. — ¿Muy macho? Repítelo si quieres que te corte la maldita cabeza. — No te tengo miedo, Díaz.                    — ¡Ya basta! ¿Qué no ven que eso es lo que quiere él? ¡Le están dejando ganar! Dejen de pelear, no importa quién fue. — Sebastiano alzó la voz por encima de los demás. — Ya habló el niño perfecto ¿Por qué no te regresas a vivir bajo las faldas de tu madre la prostituta del rey? — ¡Desgraciados! Todos se callaron cuando Valentine desenvainó su espada y la alzó en contra de sus compañeros — ¡Me he hartado de ustedes! ¡Como sigan con este jaleo los aniquilo! — ¡Pues adelante! — Trev anunció el llamado ‘’Grito de guerra’’ y fue seguido por los demás, los cuales empezaron a atacarse entre sí, clanes contra clanes. Desde ese trágico día los cuatro clanes se han mantenido enemistados.
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