Podía sentir una especie de culebra rozando mis caderas; no era un bulto, sino algo más suave. —Alessandro, emmm, la toalla quedó varios pasos atrás. —Lo sé —su sonrisa fue ladina —pero no sé qué quieres que haga. —Deberías ir a recogerla —sugerí con un rubor en mi rostro y con un calor inmenso —solo ponme a… —Está bien —él se dio la vuelta conmigo en brazos. —¡Espera un momento! ¿Qué crees que haces? —Yendo a recoger la toalla como me dijiste. —¡Pero me tenías que ir a dejar en la silla de ruedas! ¡No regresar conmigo en brazos! —Así como la empleada, tú no especificaste. En ese momento la puerta del cuarto de Ainara se abrió, mi inocente sobrina nos miró y despreocupadamente señaló en nuestra dirección. —Mami, una culebra. —Cassandra salió del cuarto y también nos miró. —¡Una

