Pensé que Colette me iba a alejar, pero de repente sentí que sus brazos me rodeaban por el cuello, no podía creer que esto me estaba pasando.
—Pero qué rayos es esto.
La señora Cassandra se encontraba en la entrada, ella tenía la quijada casi en el suelo. Rápidamente, cerró la puerta y solté a Colette del agarre que teníamos, entonces la coloqué en su silla de ruedas.
—Lo siento, Finn. Te juro que no ha sido mi intención hacerlo, debí apartarme cuando sentí tus labios, pero…
—No te preocupes, mi ciela —moví mi mano de manera afeminada —sé bien que es irresistible besarme, pero deberías buscar a alguien más.
Decidí salir de ahí, no podía arriesgarme a que me descubrieran y me terminaran por correr. En lo que iba a medio pasillo, la voz de la señora Cassandra me detuvo.
—Espera un momento que necesito hablar contigo, ven a mi habitación.
No pude huir de ahí, ella me tomó del brazo y me metió a su cuarto. Miré que fue a ver a su hija que aún dormía y luego se sentó en su cama.
—Podrás haber engañado a Colette, pero no a mí. Desde el inicio supe que tú de gay no tenías nada, ese beso me lo comprobó.
—Ay, no, ¿Cómo cree? Yo soy más gay que la bandera de mi comunidad, así que no vea fantasmas donde no los hay.
—Escucha, no me vengas a hablar de esa manera y hazlo de una forma más normal. He conocido gays que no hablan en absoluto como tú, así que deja de lado ese cliché que las personas piensan siempre. Ahora otra cosa, pude ver que el beso de Colette era totalmente correspondido.
Genial, ya casi cuando estaba por pagar la deuda del hospital de mi mamá, venían a descubrirme y todo por no saber controlar las hormonas.
—Bueno, supongo que iré a recoger mis cosas. Me has descubierto, no soy gay en absoluto y si mentí fue para quedarme con el puesto de trabajo.
—Espera un momento, en ningún momento dije que te iba a delatar. Pero necesito que seas sincero conmigo y me cuentes realmente lo que sucede con mi cuñada, la quiero mucho y no deseo que salga herida por una simple calentura tuya.
—Bueno, siendo sincero, no sé qué es lo que siento por Colette. Pero algo te puedo asegurar, no deseo herirla; eso es lo último que haría.
—Bueno, al menos no le quieres hacer daño. Ten por seguro que si eso llega a suceder, más de uno te va a querer despedazar, desde mi marido hasta mi suegro. Ahora dime por qué has mentido.
—Es por mi mamá, ella tiene problemas del corazón y los medicamentos son demasiado costosos. Me encontraba hasta el cuello en deudas y pues el puesto que la familia Sandemetrio ofrecía vino caído del cielo.
—Pero estaban buscando una enfermera —ella finalizó.
—Así es, ya estoy a casi nada de pagar la deuda en el hospital y mi mamá está por finalizar su tratamiento. Te juro que después de que esto suceda y Colette vuelva a caminar, no van a saber nada de mí.
—Escucha, tienes que ser sincero con Colette. Ella al parecer se ha encariñado contigo, pero si piensa que eres gay lo más seguro es que termine por salir herida al querer olvidarse de ti.
—¿Y qué le voy a decir? Colette, no soy gay y siendo sincero no sé qué es lo que siento por ti.
—Bueno, en ese aspecto tienes razón. Tienes que descubrir primero tus sentimientos por mi cuñada, ya luego hablas con ella y te sinceras. Estoy segura de que todos en esta familia te van a brindar el apoyo que tanto necesitas para tu madre.
—Sé bien que son buenas personas, pero también soy consciente de que las mentiras no le gustan. ¿Tienes idea de cómo esta familia se toma el engaño?
—Lo sé muy bien, Víctor es especialista en eso. Pero porque soy consciente de este detalle y no quiero que te pase lo que a mí me sucedió en el pasado es que te digo las cosas.
—¿Y qué se supone que le voy a decir? Escucha, Colette, he mentido desde el inicio y resulta que fingí ser gay porque necesitaba el empleo. Ahora me he dado cuenta de que me encuentro enamorado de ti —llevé mi mano a mi rostro —. Te juro que ella va a pensar en todas las veces que la vi desnuda, incluso cuando le tuve que sacar la copa menstrual porque se le quedó atorada.
—¿Qué has dicho?
—Lo que escuchas, más de una vez la copa menstrual se le ha quedado atorada y a veces tengo que utilizar unas tenazas de cocina. Obviamente, las tengo separadas de las del resto.
—No, eso no. Hablo de lo que dijiste, has dicho que te encuentras enamorado y vaya que hubo un brillo especial en tus ojos; supongo que finalmente has descubierto lo que sientes por Colette.
—No, eso lo dije de manera hipotética y ya. No tiene nada que ver con ese cuento de mis sentimientos.
—Pero bien, pudiste haber dicho que no estabas enamorado de ella. Así que te informo que tu subconsciente decidió darte la respuesta que tanto esperabas.
Iba a refutar lo que ella me decía cuando la puerta se abrió, Víctor entró y nos miró juntos, así que frunció el ceño.
—¿Qué se supone que estás haciendo aquí? Pensaba que estabas con mi hermana —él se acercó a Cassandra —si no te conociera, juraría que estás seduciendo a mi esposa.
—Víctor, deja de decir tonterías.
—¡Pfff, por favor! —Moví mi mano restando importancia —ella me ha pedido algunos consejos para eliminar un dolor que tiene en el cuello.
—Bueno, supongo que las posiciones del otro día dejaron ciertas repercusiones —él le guiñó el ojo a Cassandra —disculpa por eso.
—Lo mejor es que me vaya, eso de que se ponen a comer pan delante del hambriento es injusto.
Salí del cuarto y pensé en lo que Cassandra me había dicho, ¿Realmente me encontraba enamorado de Colette? No, no podía ser posible.
—Ahí estás —miré que Colette empujaba su silla de ruedas —necesito hablar contigo acerca de lo que pasó, ¿Me puedes dar un momento a solas?
—Deja de darle tantas vueltas a las cosas, mi ciela. Debes de simplemente pasar de página.
—No puedo, vamos al despacho de mi papá para poder hablar.
Sabía bien de la determinación que Colette tenía en estos momentos debido al tono con el que hablaba, y también era consciente de que ella no me dejaría ir hasta que se hablara.
—Bueno, vamos al despacho del señor Sandemetrio.
La cargué y en la planta baja nos esperaba la otra silla de ruedas, ella decidió ir sola hasta el despacho de su papá y ahí nos encerramos.
—¿Y bien? ¿Piensas hablar o estaremos otra media hora aquí encerrados mientras tú estás moviendo tus dedos con frenesí? Porque si es así, te recuerdo que tenemos que hacer terapia. Solo que va a ser de la viejita y no la que te mandó el doctor Romano.
Hola Dios, soy yo de nuevo. Si realmente estás allá arriba y me escuchas, quiero que Colette me diga que vamos a ir a hacer la terapia.
—Escucha Finn, siendo sincera con ese beso que te di, logró despertar cosas que no sabía que sentía. Pero al mismo tiempo soy consciente de que esto es algo imposible, tus preferencias son otras y eso me duele aquí.
Ver llorar a Colette mientras señalaba su corazón, me hizo un nudo en la garganta. Me acerqué a ella y luego a sus labios de una manera suave, entonces la besé.
—No tienes que besarme solo porque te doy pena.
—No te estoy besando porque me das pena. Lo estoy haciendo porque quiero.
—¿Qué has dicho? Pero esto es imposible, se supone que eres gay.
Pensé en todas las cosas que Cassandra me dijo y en el tratamiento de mi madre. Sabía bien que Colette era una buena mujer, la había conocido lo suficiente para poder ver esa bondad que caracterizaba a la familia Sandemetrio.
—¿Y si te digo que no soy gay y que todo este tiempo realmente he estado mintiendo para mantener el empleo?