Por un instante no soy capaz de apartar la mirada de ella, es preciosa a su manera. Tiene algo que te sacude, pero no de la manera en la que están pensando, ella sacude mi alma de esa manera en la que siempre nos conectamos, como si fuéramos uno.
Hubo una época en que me molestaba que me llamara por ese nombre, solo Lucie lo hacía, esa fue la razón por la que no lo cambie. Esperaba con ansias encontrar a mi hermana y que me llamara de esa forma. Con el tiempo se le unió la mujer que conquisto mi corazón y me gustaba como sonaba porque me hacía sentir que tenía algo a lo que aferrarme.
No obstante, que lo hiciera otra persona me cabreaba porque era el recuerdo más bonito que no podía ser manchado por la maldad de las personas, que lo hiciera Camille me molestaba, pero ahora que ambos hemos madurado, me gusta que alguien de confianza me recuerde algo de mi vida.
Todo es un proceso de aceptación.
—Cuando se trata de ti, claro que necesito saberlo.
Arquea sus cejas mirándome divertida.
—¿Acaso está coqueteando conmigo?
—¿Funcionaría si lo hiciera? —creo que la he cagado cuando me ofrece silencio de su parte—. Disculpa.
Camille suelta la risa al mismo tiempo que niega con la cabeza.
—Me he vuelto inmune a tus dones de conquista. —Confiesa sin apartar su mirada de mí—. Pero puede que esta versión nueva de ti puede pasar la barrera.
Ahí está la confianza que nos tenemos.
—Entonces trataré de no acercarme más de lo necesario. —Aseguro.
Recuerdo que hace unos años una amiga me dijo que a pesar de que no lastimara a las mujeres intencionalmente, siempre las terminaba lastimando. Podía ser lo sincero que quisiera con ellas, pero que cuando creaban un vínculo conmigo terminaban por ir en contra de sus principios para aceptar tener algo conmigo.
Lo entendí cuando lastimé a dos mujeres maravillosas.
En especial a la última.
—Entonces no hables.
—¿Por qué…?
—Porque me está gustando esta versión de ti y eso incluye cada una de tus palabras.
—Cami…
Levanta las manos al aire sonriendo.
—Solo digo.
Asiento.
—Recuérdame porque dejamos de hablarnos.
La mirada de la enana me recuerda que nos distanciamos por mi relación, nuestra amistad se fue de picada cuando me marche, cuando ella fue enviada a diferentes misiones. Cada uno se dedicó a lo suyo luego de que volviéramos a intentarlo y estropearlo de la peor manera.
Hasta hace unos meses volvimos a coordinar y fue en una misión.
—Porque eres un inmaduro que no sabe manejar sus emociones.
—Justo en el ego. —Hago una falsa mueca de dolor.
Camille sonríe al mismo que asiente con la cabeza, luego de unos segundos dirige su mirada a la ventana sumida en ese mundo de fantasmas, ese mundo en el que quise ayudarla, pero no fui capaz y termine convirtiéndome en uno de esos demonios con los que ella lucha.
¿Acaso soy igual que Alberth?
¿Acaso siempre terminaré dañando a las personas que en algún momento me importaron?
Terminamos el vuelo en silencio, cada uno con su mente en otro lugar.
Nada más salir del aeropuerto tomamos el auto alquilado que nos espera.
—¿Al hotel? —cuestiona en el asiento del copiloto.
—¿Algún sitio al que quieras ir?
No debería hacerlo, pero aún recuerdo su rostro de niña y mis palabras de juramento. Se muerde el labio ladeando el rostro para verme.
La primera vez que la vi era una niña de doce años. Estaba en un callejón llena de sangre, su rostro al igual que su cuerpo estaba maltratado y aun así sus ojos era fuego ardiendo. Mi instinto y culpa me llevaron ayudarla, tal vez podía hacer con ella lo que no hice con Lucie.
La llevé con mi padrino, ahora me arrepiento de haberlo hecho porque si quedaba una parte de ella buena, llegar a ese mundo acaba con todo lo bueno que tienes. Nos hicimos amigos, confidentes, hasta que terminamos enredados en una relación tóxica.
—Vamos a la torre Eiffel.
Enarco una ceja mirándola extrañado.
—¿Tú quieres ir a la torre?
Rueda los ojos golpeando mi hombro.
—Cuando era niña soñaba que iría a ese lugar con mi salvador.
No digo nada más porque no hay más que decir.
Asiento con la cabeza encaminándonos a la torre sin importarme la nieve espesa que cae en la interestatal. Estando allí me relajo un poco y dejo que la enana me guie por donde quiere. Por un instante me pierdo en esa sonrisa de niña que siempre oculta, esa sonrisa que solo me muestra a mí.
Camille ante todos es una mujer fuerte, pero yo que la conozco mejor que nadie diré que es una mujer con un corazón roto, un corazón que termine por herir. Juro que si pudiera compensar ese dolor lo haría, por desgracia creo que nunca podré compensar el daño que cause en ella.
[…]
A mis doce años fui llevado a un orfanato porque mi madre no estaba capacitada para cuidar de mí y si hablamos de Alberth menos. Pase días de terror en aquel lugar, era solo un niño asustado que no sabía nada del mundo malo, nada más era un niño que tuvo una familia, pero que esta se deterioró y acabo en un lugar donde en vez de cuidarlos los dañaban.
Recuerdo con claridad cuando él apareció.
Observo como los niños más pequeños intentan jugar entre ellos, los demás hacen los que le dé la gana. A veces es imposible para las personas que nos cuidan controlarlos, sobre todo cuando vienen a ver uno para adoptar.
—¡Bruce! —llama una de las mujeres que nos cuidan. Levanto la mirada viendo como la mujer se acerca a mí—. Hay alguien que quiere verte.
¿Verme? ¿Quién querría verme? ¿Acaso una familia me va a adoptar?
Soy muy grande.
—¿Quién? —cuestiono confundido como lo estaría un niño que no tiene más familia.
—Es un señor que dice ser amigo de tu familia.
¿Amigo de la familia?
Los amigos de él dejaron de serlo en el momento en que se lo llevaron.
¿Tengo una esperanza…?
Me dejo guiar por la señora hasta llegar a una sala, debe ser la de la encargada del lugar. Nada más entrar me encuentro con un rostro conocido y no es porque hayamos hablado, es porque se parece tanto.
—¿Alberth…? —suelto en medio del miedo.
La última vez que lo tuve frente a mí me golpeo con fuerza hasta casi romperme la cabeza. El hombre me sonríe, esa sonrisa es tan distinta a la que alguna vez me ofreció, sus ojos tienen un brillo distinto, ternura y un toque de amor.
Alberth nunca me amo o quizás dejo de hacerlo.
—No soy Alberth.
Incluso el tono de su voz es diferente, esta es más elegante y delicada.
—Te pareces. —Sonríe asintiendo con la cabeza—. ¿Nos hemos visto antes?
Ahora que lo recuerdo es la misma persona que hablaba con él, es la misma persona que lo aconsejo. Es la misma persona que intento ayudarnos y que Alberth por orgulloso no dejo. Es esa misma persona a la que escuche decir que no hiciera cosas malas que pudiera perjudicar a su familia.
—Soy su hermano gemelo.
Ese hombre fue mi salvador, mi tío fue mi héroe. Es la persona a la que le debo más de lo que alguna vez pude imaginar. Me enseño tantas cosas, me guio por el camino hasta que me convertí en el hombre que soy. Me dio grandes lecciones de la vida, del mundo y de la maldad de las personas.
No puedo evitar no pensar en que por culpa de las personas que se hicieron llamar padres perdí mi inocencia, perdí la voluntad de ser una buena persona cuando fuera grande, a pesar de que mi héroe intentara que mi vida fuera hacia otro lado, terminé perdiéndome.