«Oh, Tino, ¡sí! Fóllame más fuerte, bebé», exclamó María en éxtasis, su voz rompiendo el silencio de la habitación de invitados. Su cuerpo se retorcía debajo de él como un cable con corriente. A sus diecinueve años, era puro fuego e inocencia envuelta en piel aceitunada y curvas que pedían ser reclamadas. Sus rizos oscuros rebotaban salvajemente con cada embestida brutal, sus pechos llenos subían y bajaban mientras Tino la penetraba con fuerza implacable. Él tenía veintidós años, construido como un dios del inframundo, con músculos ondulantes bajo la piel tatuada y su cabello n***o empapado de sudor. Sus manos se clavaban en las caderas de ella, volviendo la suave carne de color carmesí mientras la jalaba hacia atrás sobre su gruesa polla, golpeando su coño con un húmedo chasquido que

