El sol del mediodía se filtraba por los ventanales de Altamirano Gourmet, bañando la sala principal con una cálida calidez engañosa. Linda Altamirano avanzaba con paso sereno, pero su mirada escrutaba cada rincón con un ojo clínico. Era su primera visita desde su regreso de Europa, y aunque su memoria evocaba tiempos de gloria, percibía la necesidad urgente de renovación si el restaurante de su padre quería seguir en la cima. Remigio, su padre, la acompañaba con una mezcla de orgullo y esperanza. Apoyó una mano en el hombro de Linda mientras se detenían frente a las mesas primorosamente dispuestas y la elegante decoración de corte tradicional. —¿Qué opinas, hija? —preguntó con un tono suave—. ¿Sientes lo mismo que yo? Linda deslizó la mirada por la madera labrada de las sillas, el mante

