Luciano comenzó a besarla con fiereza, y ella, inmovilizada por las ataduras, se entregó con un gozo eufórico. Los roles se invirtieron de forma abrupta. Luciano, que hasta hacía unos minutos obedecía sin chistar, tomó el control: sus manos, su boca y su torso terminaron presionándola contra la cama, mientras ella se retorcía de deseo. El ambiente se llenó de un ardor casi salvaje, como si la habitación vibrara al compás de sus latidos acelerados, y la penumbra se impregnará de un deseo incontrolable. Él notó que la sensación de poder lo excitaba y borraba el remordimiento, convirtiendo la escena en una danza peligrosa de dos voluntades que chocaban para ver quién salía victorioso. Estela lo alentaba con gemidos entrecortados, rogando con palabras sucias que la poseyera a su gusto. Cad

