Mientras tanto, en su despacho en casa, Rebeca cruzaba las piernas con elegancia. El espacio era elegante, con lámparas de cristal y aroma a té de jazmín. Sus tacones resonaban suavemente cuando Tomás Santana entró con una sonrisa calculada. —Me encanta la determinación con la que has asumido la reestructuración de Altamirano Gourmet —comentó él, dejándose caer en un sillón de cuero claro—. Es evidente que Remigio confía en tu criterio. Rebeca sonrió como quien sabe que el tablero se mueve a su favor. Ella enarcó una ceja, ladeando la cabeza con falsa inocencia mientras jugueteaba con una pluma estilográfica entre sus dedos, como si cada giro del objeto fuera una pieza más dentro de un ajedrez cuidadosamente planeado. —Digamos que Remigio ve mi papel como alguien que... pone orden —murm

