Acaz, de pie ante su pueblo, dejó escapar un profundo suspiro que pareció cargar el peso de todas sus responsabilidades y deberes cuando comenzó a decir: —Gran manada de Wolfgard —su voz se escuchó con la autoridad natural de un Rey Lobo, pero también con la calidez de un líder que le importa su gente. Como si sus palabras tuvieran un poder místico, las conversaciones se fueron apagando gradualmente hasta que esa área en el jardín principal del castillo quedó envuelta en un silencio expectante. Acaz desplegó el pergamino que Booz, su fiel consejero, había preparado con tanto esmero. Sus ojos se encontraron brevemente con los de Booz, quien con un sutil movimiento de cabeza le dijo que ya era momento de dar el discurso de apertura. Entre la multitud, Jim por fin dejó de brincar con su car

