La pesadez de ese día se arrastraba sobre los hombros del rey Acaz mientras avanzaba por los largos pasillos del castillo. La conversación con el Maestre Booz había lo había dejado exhausto mentalmente, por eso ni siquiera consideró ir a ver que estaba haciendo su esposa Ariana o a su yerno. Su mente, saturada de muchos pensamientos, solo anhelaba el refugio de su habitación. Al cerrar la pesada puerta de madera tras de sí, el familiar ritual nocturno comenzó. Sus dedos buscaron automáticamente la daga, aquella compañera silenciosa que guardaba una historia grabada en su propia carne. La misma que su padre había usado para marcarle el rostro, dejándole una cicatriz que era tanto una herida física como un recordatorio constante de su pasado. La luz de las velas reflejaba sobre la plata pul

