Cuando el silencio volvió a reinar, el comandante Ryker observó el campo de batalla. No hubo gritos de victoria ni celebraciones, solo una pregunta que cortó aquel pesado mutismo: —¿Cuántos de los nuestros se reunieron con los dioses? —preguntó Ryker mientras escudriñaban entre los caídos. Para su asombro, en aquel mar de cadáveres dorados, no se veía ni una sola armadura plateada de los suyos, algo sin precedentes en diez años de conflicto. Acaz, cubierto de sangre y sudor como el resto, se acercó al comandante con una noticia que él mismo se encargó de llevar a cabo: —No hubo bajas de nuestro lado —declaró, antes de que su instinto lo guiara hacia su fiel caballo Karahan. No le costó encontrarlo, pues el animal se había refugiado en el área de provisiones. Al verlo, Acaz soltó un disc

