Mientras Ofelia y el rey Acaz protagonizaban una escena de amor en el patio principal, atrayendo todas las miradas y susurros de los presentes, Endrian, por su parte, sentía que cada segundo observando aquello era como una daga clavándose en su pecho. Incapaz de soportar más la vista de ese romance floreciente, decidió retirarse con discreción hacia una de las torres de vigilancia. Su retirada tenía un doble propósito: no solo le permitía escapar de aquella imagen que le atormentaba, sino que también le daba la oportunidad de mantener la guardia mientras el resto de la fortaleza permanecía cautivado por aquel improbable romance entre el Rey Lobo y la princesa Fae. Ahora, en la soledad de la torre más alta, Endrian se dispuso a entretener su mente en afilar su arma, pasando la piedra de af

