Los gemidos apasionados hacían eco contra las paredes de la habitación real de la reina mientras Urías, con su cuerpo musculoso y bronceado, se movía sobre Ariana con el vigor y la dominancia propios de un Alfa. Fuera de la habitación, las doncellas omegas permanecían en sus puestos, con sus rostros impasibles a pesar de los sonidos indiscutibles de pasión que emanaban del interior del aposento de la reina. Esta rutina matutina se había vuelto tan familiar para ellas como el amanecer mismo, y ni siquiera la reciente supuesta reconciliación entre la reina y el rey Acaz había logrado alterarla. —¡Sí, sí, no te detengas! —la voz de Ariana se elevó llena de placer mientras su cuerpo se movía en perfecta sincronía con el de Urías, quien dirigía cada movimiento con la autoridad natural de su es

