El principe de Nueva York
La estrella más brillante de la familia era sin duda Cameron Scott. Desde que nació fue un niño vivaz y alegre, al que le gustaba disfrutar del arte y las computadoras.
Si decir que sus primeras palabras fueron foto o papel era una locura, pues no era así. Cam era un alma en eterno cambio y siempre fue la luz frente a la oscuridad que precedía a su melliza, Mel.
Muchos decían que eran como el aceite y el vinagre o también la luz y la sombra, pero algo había más importante que eso. Los hermanos eran el complemento perfecto el uno del otro.
La casa de los Hamptons, el hermoso hogar de los Scott siempre había sido un campo de batalla de terciopelo y seda. Para Cameron Scott, la vida era una competencia constante de atención. Sabía que su padre los amaba con una devoción absoluta, pero en su mente de cinco años, la jerarquía estaba clara: si su hermana Mel era el ojo derecho de papá —el que siempre brillaba con sus ocurrencias—, él era el izquierdo —el que observaba con calma, esperando su momento para destacar.
—¡Mírate, Cam! Pareces un pingüino con ese chaleco —se burló Mel, ajustándose su propio lazo azul mientras saltaba en el último escalón de la gran escalera.
Cameron no se inmutó. Se pasó una mano por su cabello castaño, impecablemente peinado.
—Se llama estilo, Mel. Algo que tú no entenderías porque estás demasiado ocupada intentando trepar el árbol de la entrada con ese vestido.
—Papá dice que soy "intrépida", por eso me llama Mérida—replicó ella, sacándole la lengua.
La disputa habitual se vio interrumpida por el sonido del timbre. No era una visita cualquiera; hoy venían los amigos de sus hermanos y padres, Hanna y Bruno. Pero para Cameron, la importancia de la visita se resumía en un solo nombre: Hanny.
Cuando la puerta se abrió, el mundo de Cameron dejó de ser un campo de batalla para convertirse en un templo. Allí estaba ella. Hanny entró caminando con una seguridad que Cameron solo podía aspirar a tener. Era, en palabras de su corta pero intensa imaginación, una mini diosa de ébano. Su piel oscura contrastaba con un vestido blanco impecable, y sus trenzas adornadas con cuentas de colores hacían un suave tintineo al moverse.
Hanny era mayor, lo suficiente para estar en "la escuela de niños grandes", pero para Cameron, esa brecha generacional era un detalle técnico insignificante.
—Hola, mis pequeños príncipes—saludó Hanny con una sonrisa amable, aunque algo distraída, como quien saluda a sus primos pequeños.
—Ho...hola...
Mientras los adultos se perdían en abrazos y charlas sobre negociosel bufete, el hospital y recuerdos, Cameron activó su "Modo Caballero". Ignoró por completo el juguete que Mel le agitaba frente a la cara para provocarlo y caminó hacia Hanny con una seriedad cómica.
—Hanny, te ves... excepcionalmente radiante hoy —dijo Cameron, extendiendo una mano como había visto hacer a su abuelo.
Hanny parpadeó, sorprendida, y soltó una risita encantadora.
—Gracias, Cam. Tú también te ves muy elegante.
Mel, que observaba la escena desde la alfombra, no pudo contenerse. Se desplomó dramáticamente hacia atrás, riendo a carcajadas.
—¡Mírenlo! ¡Está embobado! —gritó la pequeña Mérida, señalando a su mellizo—. ¡Papá, Cam se ha convertido en una de sus estuatas porque Hanny lo saludó!
—¡Mel! deja de molestar al pobrecito, eso no es correcto— los adultos rieron por la manera en que Hanny repredia a su amiga y lo dejaron pasar, pero para Cameron esta era la demostración de que a ella él le importaba.
Cameron sintió que sus mejillas se encendían, pero no retrocedió. Aunque Mel se burlara y el resto del mundo lo viera como un juego de niños, él sentía un peso distinto en el pecho. Para él, no era un juego de papás y mamás en el jardín. Era una promesa silenciosa. Él quería que ella fuera su única.
Hanny le dio una palmadita afectuosa en el hombro y siguió a sus padres hacia la terraza, dejando tras de sí un rastro de perfume a vainilla y la determinación de un niño que acababa de encontrar su norte.
"Puedes reírte todo lo que quieras, Mel," pensó Cameron, ajustándose el chaleco con orgullo. "Pero un Scott nunca se rinde ante lo que ama."
Cuando los chicos empezaron el jardín de infantes, sus maestras notaron sus grandes habilidades, fue por eso y a sugerencia de la directora que tanto Cam como Mel fueron enviados con un profesional, quién, en su afán de ver el real potencial de los mellizos realizó una batería de pruebas.
La primera Batería de Evaluación fue la de Kaufman para Niños (K-ABC): Se centra en los procesos mentales y el estilo de resolución de problemas en menores y ambos la pasaron por sobre la media.
La segunda, fue la WISC-V: Utilizada para niños y adolescentes (6 a 16 años), que proporciona un perfil detallado de las capacidades intelectuales en cinco áreas principales.
Por último y no menor, el Test de Matrices Progresivas de Raven: Una prueba no verbal que mide la capacidad de razonamiento lógico y la "inteligencia fluida" mediante la resolución de patrones visuales.
Ambos hermanos pasaron la prueba de manera sobresaliente y de acuerdo al diagnóstico del evaluador su nivel intelectual era a la par de un niño ya de nivel de primaria, por lo que Adam y Blue decidieron que su lugar estaría donde habían estudiado sus hermanos Ethan, Thomas y Alma, la escuela Dalton Upper Side.
Para Mel era un shock a su poca capacidad de socializar, en cambio para Cam era, sin duda el mayor evento público en el que participaría, sobre todo porque se le daba conversar y hacer conocidos e incluso amigos.
Y eso fue lo primero que logró una vez en su nueva aula.
La entrada a la escuela primaria fue, para Cameron, el primer paso hacia un mundo donde no solo era el hijo de los Scott o el mellizo de Mel. Era el lugar donde debía construir su propio imperio, y para ello, necesitaba un aliado.
Lo encontró en la segunda fila del salón de clases. Adrien Powell no se parecía en nada a él. Mientras Adrien era serio, pulcro y siempre consciente de su postura, Cameron era un torbellino de energía contenida, con el cabello castaño perpetuamente despeinado y una mirada que analizaba todo con una inteligencia afilada.
Allí fue cuando conoció otro tipo de amor. Uno que se transforma en un lazo de hermandad sin tener vínculos de sangre. Fue el día más feliz de su vida y en el que reconoció en Adrien Powell como el mejor amigo de la vida.
—Soy Adrien —dijo el niño, extendiendo una mano llena de restos de tiza—. Mi papá dice que los Scott son gente de palabra. Espero que tú también lo seas.
Cameron estrechó su mano con firmeza, ignorando la suciedad.
—Soy Cameron. Y esa que va a la otra sala es mi hermana, Mel. No dejes que su tamaño te engañe, muerde.
Ambos niños rieron y se sentaron juntos en la sala, ese día Cameron parecía querer contarlo todo, era un desastre de energía y caos, pero era divertido y fácil de llevar. Hablaba sin parar, y pronto le contó a su nuevo amigo sobre su familia: sus hermanos mayores, sus padres abogados, y no solamente de su melliza o más bien el Grinch como le decía Cam de cariño.
—Mi melliza es Mel —le había dicho Cameron en el patio. —Ella es la inteligente y la seria. Demasiado seria. Pone cara de limón agrio siempre. Es como el Grinch del cuento las 24/7, los 365 días de la semana.
Y, de la nada, esos dos tuvieron un punto más en común, la pequeña pelirroja que más de algún desaire y dolor de cabeza les daría.