Por uno de los cortos y angostos pasillos del avión, se encuentran tres personas recorriéndolo con dirección al estudio donde pretenden, a más de treinta y seis pies de altura, trabajar y avanzar los compromisos que se han demorado en cumplir. No es lo usual en una persona obsesionada con el trabajo que ha hecho del imperio de su familia uno mayor; sin embargo, en la semana que duró en Santa Bárbara no pudo concentrarse en ninguna de sus obligaciones. Así como la brillante joven que, en los últimos días, también perdió, en ciertas ocasiones, su enfoque. Un ejemplo de eso es ver cómo ella camina detrás del apuesto hombre mientras se deleita observando su ancha y fornida espalda. Por más que se intente, es casi imposible ignorarlo, y es que por dondequiera que lo mires, siempre encontrará

