Alexei Mordashov. Ingresé a mi oficina alegre, ya que podré pasar un tiempo con mi conejita. Estaba pensando en llevarla a comer un helado napolitano. Pero mi mundo casi se derrumba cuando la veo en un rincón tratando de respirar, algo que no está resultando, puesto que su rostro se torna rojo por el esfuerzo. Su mano aprieta su pecho y sus ojos; maldición, ellos pedían ayuda, una que no sabía cómo brindarle. Sabía reconocer un ataque de pánico, claro que sí. El día en que sufrió la pérdida de su padre los tuvo por un tiempo y volvieron cuando vivió la pena de amor. Sabía que no eran iguales para todos, así como sus formas de abordarlos no eran las mismas. Pero no podía quedarse sin hacer nada. Frente a ella me incliné y mi pequeña estaba a punto de ser tragada por su mente. . —Cone

