Akron sintió la bilis subir por su garganta cuando mención a Violet. Violet era lo más preciado, lo más intocable y perfecto que tenía en la vida. Que de su boca putrefacta saliera el nombre de Violet, era una blasfemia. No merecía pronunciarlo, y cuando Akron alcanzó la mano de Violet y la miró a los ojos, el hombre que era capaz de destruir medio país por ella, afloró. —Ella es intocable —dijo Akron. —Nadie es intocable para el General —dijo la voz ronca y casi programable por su lenguaje perfecto—. Soy tu dueño, Akron, el hombre al que le debes tu libertad y tu vida, y el único que si te dice sentado, tienes que sacar la lengua y bajar la cabeza. Akron apretó más la mano de Violet y ella le preguntó qué sucedía. Akron no podía decirle nada. Ella desconocía que para cobrar venganza

