Ajena a lo que sucedía en su apartamento, Candy llegó a la iglesia como cada domingo. Ella recibió su hostia, su vino consagrado y posteriormente uno de los besos más exquisitos que alguna vez le dieron. Fue un mes en el que no dejó de ir a la habitación trasera de la iglesia donde tenían una biblioteca y dejó que él le hiciera lo que quisiera, comenzando por un oral que la hizo correrse en su boca con mucha facilidad. La conexión que estaba creciendo entre ambos era tanta, que ambos se sentían ansiosos por coger con el otro, sin embargo, la conexión de Candy no era la misma que él estaba desarrollando. Para él, Candy era una puta más que se dejaba coger por el culo, mientras para ella, él era como esa especie de luz que calienta en la oscuridad. Candy estaba desarrollando cierto interés

