Sabía que se merecía algo mejor, pero no sabía en donde demonios tenía que buscarlo, sabía que se merecía una manera menos humillante de conseguir dinero que la de ofrecer su cuerpo a un montón de enfermos que en muchas ocasiones ni siquiera le daban dinero, pero se rendía con facilidad, su mente adicta la devolvía al mismo camino que ella conocía, encerrándola en el abismo del que no había podido salir desde los quince años, hace exactamente siete años de eso. Contaba con veintidós años en aquel entonces.
Recordaba con nostalgia —y demasiado dolor— aquella edad, sus quince años, aquella época en la que huir de casa no fue un simple acto de rebeldía, sino un paso para salvar su vida.
Siempre escucha historias de sus compañeras —las cuales no lo eran en realidad, ninguna era amiga o compañera en aquel sitio, cuando menos lo creyeras te asesinarían por veinte dólares o un par de centavos—, historias en las que estas relataban como habían huido de casa para salir de un seno abusivo, la mayoría habían sido agredidas por sus padres, o tíos, o primos, e incluso hermanos, no había límites que la depravación conociera, además, habían sido golpeadas, agredidas de alguna manera, pero siempre por una figura masculina, ella, en cambio se había visto obligada a huir por su madre.
—Maldita zorra —susurró con odio, dándole una profunda calada a su cigarrillo. La odiaba tanto que cada día el rencor consumía su corazón, cada día el rencor rompía sus huesos, pudría su alma.
Desde que había tenido uso de razón, su madre la había golpeado, y su padre era un maldito pelele, incapaz de hacer algo para evitar que aquella zorra golpease a su hija. Y le parecía cómico, porque al haber crecido viendo la sumisión que poseía su padre, había creído que todos los hombres serían de aquella forma, pero cuando conoció a René supo que se equivocaba.
Odiaba demasiado a René, con la misma intensidad con la que alguna vez lo amó, con demasiada intensidad si se conocía la historia de ambos.
—Rose —la llamaron, ella elevó su mirada, encontrándose justo con el dueño de cada uno de sus pensamientos: René, sí, aquel sujeto al cual odiaba, pero del cual no podía separarse, más por miedo que por cualquier otra cosa—. Vamos, Rose —le ordenó. Ella se levantó de la acera en la que se hallaba sentada y siguió a René, a aquel lugarcito que frecuentaba con mucha frecuencia, a veces sola, cuando se encontraba demasiada desesperada. Un vestido que permitía ver el inicio de sus glúteos cubría a Rose, no traía ropa interior, y la constante colisión de sus dientes revelaba el frío que se apoderaba de cada una de sus extremidades.
A medida que caminaba detrás de él, se permitía recordar.
Los recuerdos la envenenaban y al mismo tiempo eran lo único que la mantenían con vida.
Luego de haber escapado de su casa, no sin antes de haber tenido una pelea cuerpo a cuerpo con su madre, ella se había refugiado en las calles, como era de esperarse de una muchacha como ella, la cual no poseía ningún atributo que no fuese la belleza de un ángel, a la cual le iba mal en los estudios, pero ¿cómo concentrarse en una ecuación, cuando se está pensando en que cuando se llegue a casa tu madre te dará una golpiza sin ningún motivo?
Había intentado expresarle su dolor a los estúpidos psicólogos de la escuela a la que asistía, pero ella era complicada de entender, según palabras de la misma psicóloga a la que Rose tanto odiaba.
—Camina más rápido —le pidió, sujetándola por el brazo, deteniéndose unos segundos a besarla, ella le correspondió, le agradaba el sabor de los labios de René, pero al mismo tiempo, aquel era su veneno; si algún día hacían un libro de su vida, definitivamente debía de ser llamado “dulce veneno”—. ¿Consumiste esta mañana? —preguntó, la inquietud en la mirada del sujeto le indicó a Rose que él si había consumido heroína esta mañana, o quizás hace unos pocos segundos.
—No —respondió la muchacha—. No tenía.
—¿Y por qué no compraste? —le reprochó, con una ceja jorobada, Rose quiso reír; jamás había visto a una persona siendo reprochada por otra porque había elegido no comprarse drogas.
—No tenía el dinero, Ré…
—Nunca tienes dinero, idiota, ¿para qué demonios trabajas? —La manera en la que había pronunciado aquella última palabra era el evidente indicador de que no respetaba en absoluto a Rose, de que ella no era nada más que una burla para él. Un objeto de placer, uno en el cual vomitar toda su frustración.
—Lo gasté pagando la renta.
—¿Venderte no te da suficiente dinero? ¿Solo para pagar la renta? —Ella no respondió, pero la furia se vio esculpida en sus ojos color esmeralda, evidentemente se sentía humillada por sus palabras, pues René había sido la primera figura de amor que había tenido jamás, había sido su primer novio, había sido quien la había arrojado dentro del abismo de las drogas y por consiguiente, de la prostitución, en ocasiones solía incitarla a prostituirse solo para más tarde, burlarse de la manera en la que se ganaba la vida.
De pronto, ella dejó de caminar detrás de él, dirigiendo su mirada hacia un punto indeterminado.
—Quiero regresar —dijo ella en un momento, ocasionando que él frenara de manera abrupta su caminata y se dedicara a observarla con desconcierto, como si ella hubiese blasfemado de la peor manera.
—¿Qué demonios dices, Rose? ¿Regresar?
—No quiero consumir hoy.
—Oh, no me vengas con esas estupideces, a ti te gusta consumir todos los días.
—Hoy no quiero, Ré —susurró, mordiendo sus labios para que no se evidenciaran sus repentinos deseos de romperse en lágrimas. Ni siquiera sabía por qué quería llorar. Tal vez el peso de años de vicios estaba empezando a hacerse demasiado.
—Mierda, Ro, camina, déjate de estupideces, justo por eso pasé a buscarte.
—Puedes ir tú, yo… yo s-solo quiero regresar. —Él la sujetó con brusquedad por el brazo, casi torciéndolo, pero no haciéndolo del todo, mostrándole lo que podía hacer, pero elegía no hacer.
—Te he dicho que dejes tus estupideces y camines. No pasé a buscarte para que ahora me vengas con tus estupideces.
—¡Que no quiero! —chilló, soltándose del agarre del hombre, sus ganas de drogarse habían muerto de manera repentina, cosa que era un milagro que ella no desaprovecharía, años sumergida en el pozo de las drogas, y por fin un día había podido decirle no, debía de regresar a casa antes de que el vicio despertara una nueva vez.
René suspiró, pensando en una nueva manera de convencerla. Él la había sumergido en aquel mundo tan oscura, por supuesto que no dejaría que ella saliera con facilidad, no cuando él mismo no podía salir.
—Vamos, cariño… —La manera en la que él suavizó su voz cautivó la atención de Rose, sabía por donde atraerla, sabía la necesidad enorme de amor que ella tenía en su corazón, por eso lo usaba en su contra, la mayoría del tiempo, siempre, de hecho—… iremos por un poco de heroína… luego iremos a mi casa, amor… vamos. —Le sostuvo el mentón, besándola, sosteniéndole el trasero y luego la cintura—. Te daré la follada que ninguno de tus clientes te ha dado.
—Ré, pero… vamos directamente a tu casa entonces… es que… hoy no quiero consumir… de verdad… hoy no…
—¡Diablos, Rose! ¡¿Qué diablos te pasa?! ¡¿Por qué no quieres consumir?! ¡¿Acaso no me quieres ya?! —Ella no entendió la correlación entre ambas cosas, pero de todas formas, aquello consiguió hacerla sentirse culpable.
—Sí… sí te amo, es solo que… hoy no quiero consumir… de verdad…
—Pero vas a consumir, mi amor, claro que lo harás, lo harás porque me amas, ¿no es así? —preguntó, y tras una mirada llena de duda, ella asintió, todo por tener la aprobación y el amor de él—. Bien, mi amor, vamos. Tae vende una nueva, una que al inhalarla te irá ir al paraíso y luego regresar, vamos, vamos…
Y ella fue tras él, sabía que René no era el príncipe azul que ella había buscado siempre, pero no podía alejarse de él… él alimentaba sus vicios, tal vez él era uno de esos vicios… no lo sabía, solo sabía que a pesar de saber que él era como veneno para ella, no podía dejarlo… de todas formas… jamás encontraría a ese príncipe azul que tanto buscaba… así que solo tenía que resignarse con aquello que la vida le había dado… o al menos eso creía.
¿Cómo aquella pobre diabla imaginaría que cautivaría el corazón de un millonario?
Y aún sabiéndolo, ¿podría ser libre del infierno mental al que la vida la había arrastrado?