Aquilegia sube a su habitación, se siente frustrada, que ella tiene que ver con ese entierro, si el primo va a permitir que el infame rey le desvirgue a la prometida porque ella tiene que estar presente. —¿Pasó algo, su majestad? —pregunta Ikela al ver la irritación de Aquilegia. —No lo soporto, te lo juro, es que ese hombre me exaspera. —escupe caminando de un lado al otro. —Calmarse señora. ¿Qué hizo ahora? —inquiere para saber qué aconsejarle a la futura reina. —Puedes creer que quiere que lo asista en el momento que va a desvirgar a la prometida de su primo. —dice e Ikela sonríe tranquila. —Sí, es parte de sus deberes como reina, mi señora. —Aquilegia la mira estupefacta. —Eso es una aberración. —Mi señora, no sé como es en su país, pero acá el rey es el dueño de la virginida

