Amenazada

1243 Words
Me acerqué a Bruno, quien tenía el rostro golpeado. Máximo echaba fuego por la mirada; evidentemente, algo grave había ocurrido. —¿Qué le pasó a tu escolta? —No puedo abrazarlo ni mostrar mi preocupación, o sospecharían. —Se lo merece por inepto, casi me matan —Máximo agarra mi cintura con fuerza—. Lárgate, Bruno, antes de que te mate. Bruno simplemente se marcha. Supongo que irá a curar sus heridas: tiene el labio y la nariz rota. Yo misma mataría al salvaje de Máximo por golpearlo de esa manera. No entiendo cómo los empleados permiten que los maltrate así. Hay dos respuestas: necesidad o miedo. Don Enzo se acerca a nosotros. Tiene el cabello canoso y los ojos del mismo color que Máximo, ese tono miel que tanto los caracteriza. Físicamente se parecen bastante, y en personalidad son casi iguales. Siempre viste traje y corbata, su carácter es fuerte, imponente y cruel. Recuerdo que de niña le tenía miedo, y ese temor nunca ha desaparecido. —¿Por qué me llamaste con tanta urgencia? —pregunta Enzo, con su tono autoritario de siempre. —Intentaron atropellarme. De no ser por un hombre que me salvó la vida, no estaría aquí —explica Máximo. Maldito hombre. —¿Estás seguro de que fue un atentado? —indaga Enzo, con desconfianza. —Sí, abuelo, hay que tomar medidas —responde Máximo con firmeza. —Yo me encargo, como siempre, pero ahora quería hablar de otros asuntos —indica Enzo, cortante. Máximo me suelta—. Espérame arriba, amor. No es la primera vez que me apartan para charlar sobre temas que me ocultan. Sé que hay muchas cosas de los negocios de Máximo que no me permiten saber. Incluso en la empresa, donde realizo mis pasantías, me restringen información. Hace años que tengo la sospecha de que se dedican a negocios ilícitos, pero no estoy segura. —Que se quede, el asunto le interesa. Quiero informarles que se casarán en un mes —anuncia Enzo, sin preámbulos. —¿Tan pronto? —pregunto, sorprendida. —Tu abuelo y yo lo decidimos. No me interrumpas, niña —me regaña con severidad. —Perdón, Don Enzo. —Cuanto antes, mejor —Máximo me vuelve a agarrar, pegándome a él. Quisiera asesinarlo. —A partir de hoy, tu abuelo y tú vivirán en nuestra casa, Alexa —me dice con una sonrisa que me hiela la sangre. Mátenme. —Ordenaré que preparen mi cuarto —informa Máximo, con satisfacción. Don Enzo ríe con crueldad—. No, hasta que estén casados no dormirán juntos. Por primera vez, amo que sean tan conservadores. —Ya puedes irte, eso es todo lo que debes saber —me dice Enzo, dándome la espalda. Me dirigí hacia la cocina, donde la empleada estaba curando a Bruno. Le pedí que se marchara; yo quería hacerlo. —Son unos salvajes —digo con rabia contenida. —No debí distraerme contigo —informa él, con culpa en su voz. Es cierto que estábamos al teléfono cuando atacaron a Máximo. —Lo siento, no debí llamarte —me disculpo, sintiéndome responsable. —Me encantan tus llamadas, pequeña —responde con una sonrisa leve. Rodé los ojos—. Ojalá lo hubieran matado. No lo soporto. Además, ahora viviré aquí. —Es la tradición. Han sido muy condescendientes contigo, pero no es tan malo que vivas aquí —dice Bruno, intentando suavizar la situación. —Hay que tener mucho cuidado. —Entonces no puedo hacer esto —me acorrala contra la mesa y besa mis labios efusivamente. Yo le sigo el beso con la misma intensidad. —Bruno, ya. —Necesito mi medicina. Mira cómo estoy, pequeña —bromea, señalando sus heridas. Beso sus labios suavemente, cuidando de no lastimarlo más. —Un mes. Él frunce el ceño—. ¿Tan pronto? —Sí. Sabes que no tengo opción. Ya lo ordenó Enzo y Máximo está feliz —le explico con resignación. —Lo mataría con mis propias manos, lo cual es irónico porque mi deber es protegerlo. —No hay nada que puedas hacer, ni yo. Muy pronto seré su esposa —digo con tristeza. —No lo menciones. ¿Por qué no huimos? —Nos matarían —respondo riendo, aunque sé que no es una broma. —No si no nos encuentran. Alex, solo piénsalo. No toda la vida seré un pobretón, tengo muchos planes. Podría darte la vida que te mereces —me ofrece con sinceridad. —No me interesa el dinero, solo la seguridad de mi familia. Sabes lo que harían los Lombardi si dejo a Máximo, si lo humillo. Tengo a mi abuelo, mi madre y dos hermanos. Franco no llega a los dos años, y ellos no se tientan el corazón. —Tu madre dejó a un Lombardi —me recuerda. —No compares a Pedro con Máximo. Además, eran otros tiempos. Ellos no tenían tanto poder —respondo, recordando las historias que me contó mi abuelo. Mi abuelo me ha dicho que la madre de Máximo no logró huir. Don Enzo ordenó asesinarla, pero nadie sabe esto, ni siquiera Pedro. Las traiciones no se perdonan entre los italianos, y nadie tiene más poder que los Lombardi. Mi abuelo nunca ha sido claro sobre a qué se dedican, solo me advirtió que son peligrosos, asesinos. Me dijo que no involucrara a Sebastián para intentar salvarme, o a él también lo matarían. Me ha repetido esto cada vez que intenté dejar a Máximo, y no tendría razones para mentirme. Por eso le miento a mi familia, fingiendo estar profundamente enamorada de mi novio. Mi habitación en la mansión es espaciosa y lujosa, decorada en tonos rosados. Hay varios retratos en las paredes. Es uno de los cuartos de invitados, ubicado en la planta alta, cerca de los cuartos de Erick y Giana. —Parece que la boda es un hecho —comenta Giana, entrando sin pedir permiso. —Estoy tan feliz como tú. —Pronto te equivocarás, Alexa. Y cuando eso ocurra, haré que mi hermano te desaparezca. Todavía no entiendo esa obsesión. No eres digna de esta familia. —Como digas, Giana. Déjame en paz. No tienes nada que hacer. Ah, es verdad, tú no haces nada. Ignoré a mi insoportable cuñada y comencé a llamar a mi madre para invitarla, junto a Lu, a mi boda. Les dije que pronto les enviaré la invitación formal, y, por supuesto, que traigan a mi nana. También debo llamar a mi padre. Odio hablar con él, siempre evado sus llamadas, pero no tengo opción. No quiero estar lejos de Franco. No mentiré, pensé que lo odiaría, pero cuando lo vi por primera vez, fue amor a primera vista. Desde que era un bebito y lo cargué entre mis brazos, lo amé. Él es idéntico a mi padre: tiene sus ojos y su rostro. No tiene la culpa de los padres que le tocaron. Siempre he pensado que los niños solo lloran y babean, que nunca tendría uno, pero él me hace cambiar de opinión. Es tranquilo, tierno. Se parece más a él que yo y Lucía juntas. En realidad, Lu se parece a mamá, y yo a Sebastián. No puedo negar que somos Blancos. Papá prácticamente usó a Franco para reconciliarse conmigo y con Lucía. Con ella funcionó, pero yo intento separar los temas. Una cosa es mi amor por Franco, y otra el odio hacia mi padre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD