Patrick no podía quedarse quieto. La ansiedad lo consumía mientras miraba la pantalla del teléfono, consciente de que la vida de su hija y de su nieta dependía de cada decisión tomada en esos instantes. Tomó aire, se pasó la mano por el rostro, tratando de ordenar sus pensamientos, y marcó el número de Morgana, su esposa y madrasta de Vicky, la única persona a quien podía contarle todo sin reservas, aunque con cuidado de no alarmarla demasiado. Cada segundo que pasaba parecía alargarse infinitamente, y la idea de que algo le ocurriera a Vicky o a Tory lo hacía sentir como si su corazón fuera a estallar. —Hola, cariño —respondió Morgana con voz serena, intentando mantener la calma a pesar de que sabía que algo grave ocurría. —Amor… —empezó él, con la voz cargada de tensión y miedo—. Es… e

