David regresó al campus convencido de que esta vez todo sería distinto, caminaba más rápido que antes, como si siempre estuviera llegando tarde a algo importante, ya no tenía ese aire despreocupado del chico que creía que el mundo lo esperaba, había urgencia en su forma de moverse, una determinación que antes no existía.
Empezó a buscar a Natalia con una constancia casi obsesiva, aparecía frente al edificio después de clases, café en mano, fingiendo casualidad con una naturalidad pésima.
—Pasaba por aquí —dijo.
Natalia levantó una ceja.
—¿Pasabas por la facultad de biología a las siete de la mañana?
David se encogío de hombros, sonriendo
—Así son las coincidencias.
Otro día llegaba con otra excusa
—Pensé que quizá estabas estudiando.
—¿Y cómo sabías que estaría aquí?
—Intuición.
Natalia aceptaba el café de todos modos, y lo miraba con una calma nueva, una paciencia que antes no tenía, como si lo estuviera evaluando.
Una tarde, frente al edificio de ciencias, sostuvo el vaso entre las manos y lo observó un momento.
—¿Siempre eres tan atento?
David sonrió tenso.
—Contigo sí.
Natalia no bebió el café de inmediato.
—Antes no eras así.
David dejó escapar el aire.
—Antes era idiota.
Ella rió pensativa, como si estuviera probando la frase en la boca para ver si era verdad.
Yo estaba ahí, mirando la escena desde unos metros más atrás, y entendí algo: Natalia sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
No lo rechazó, al contrario le daba demasiadas alas, aceptaba el café, le respondía mensajes, caminaban juntos por el campus algunas tardes, a veces lo dejaba acompañarla a la biblioteca, cuando él hablaba, lo miraba fijo, con esa atención que hacía que cualquiera se sintiera importante. De vez en cuando le tocaba el brazo cuando se reía.
Gestos pequeños, pero suficientes. Los mismos que antes habían sido suficientes para que ella se enamorara. Ahora David era quien reaccionaba a cada uno.
Una noche, mientras caminábamos hacia el estacionamiento, me habló con entusiasmo.
—Hoy se quedó más tiempo conmigo.
—¿Sí?
—Creo que está empezando a sentir algo por mi otra vez
Lo miré de reojo.
—¿O tal vez solo está intentando que pagues lo que le hiciste?
David frunció el ceño.
—Natalia no es así.
No respondí.
Pero empezaba a pensar que sí.
Días después, salimos de la biblioteca casi a medianoche. El campus estaba vacío y el aire frío. David metió las manos en los bolsillos y caminó unos pasos en silencio antes de hablar.
—¿Crees que me daría otra oportunidad?
—De cualquier modo, será mejor no ilusionarte.
—¿Por qué?
—Natalia no es la misma persona, ya no es la niña con la que jugabas.
Me miró confundido.
—No lo creo, ella es hermosa por dentro y por fuera.
—Si tu lo dices.
No entendió la advertencia, pero realmente es así, a veces necesitamos ver las cosas con nuestros propios ojos, luego de nuestra conversación Natalia empezó a actuar tal cual mi advertencia. Un día le decía algo que lo llenaba de esperanza.
—Me gusta cómo has cambiado.
David pasaba el resto de la semana flotando. Al siguiente, mientras caminaban entre edificios, agregaba con total calma:
—Pero todavía no sé si puedo confiar en ti.
Lo invitaba a estudiar, Una hora antes cancelaba.
—Lo siento, surgió algo.
A medianoche aparecía un mensaje.
"Pienso mucho en ti."
Al día siguiente desaparecía durante horas. Y actuaba con una frialdad que nunca antes había visto.
David empezó a perder el centro.
—No entiendo qué quiere —me dijo una tarde.
—Quiere ver cuánto aguantas.
—¿Me está probando?
—Sí.
Se quedó callado unos segundos.
—¿Y si fallo?
No respondí.
Porque aquello era más complicado que una prueba.
Natalia estaba tratando de equilibrar algo dentro de sí misma. Quería que él sintiera la incertidumbre que ella había vivido antes: esperar un mensaje que no llega, analizar cada gesto, preguntarse si todo es real o imaginado.
Una tarde lo encontré sentado en una banca del campus, tenía los ojos rojos
—No sé qué hacer —dijo, mirando el suelo—. Cuando siento que se acerca… se aleja otra vez.
Me senté a su lado.
—A veces me mira como antes —continuó—. Como si todavía hubiera algo.
—¿Y luego?
—Luego desaparece.
Respiró hondo.
—Me siento estúpido.
Pensé en el colegio. En cómo Natalia esperaba mensajes que David nunca enviaba.
El tablero había cambiado.
—¿La quieres? —le pregunté.
David levantó la cabeza sin dudar.
—Sí.
—Entonces aguanta.
Pero Natalia todavía no estaba enamorada.
Estaba midiendo y obsesionandose con la idea de por fin ser ella la perseguida y no quien persiguiera amor como hasta hace poco.
En el campus ya no caminaba solo con él. A veces se sentaba con estudiantes de tercero. Otras con uno de cuarto. Conversaciones largas, risas fáciles. David siempre cerca, tratando de descifrar cada detalle.
—Hoy me tocó la mano —me dijo una vez.
—¿Y?
—¿Eso significa algo?
—Para ti seguro.
—Para ella.
Suspiré.
—Significa que te tocó la mano.
Para él era una señal enorme.
Natalia sabía exactamente cuándo mirarlo, cuándo ignorarlo, cuándo decirle:
—Me haces bien.
Y minutos después añadir:
—Pero no estoy segura si estoy vaya a funcionar.
David dejó de concentrarse en cualquier otra cosa. Pasaba más tiempo interpretando silencios que estudiando.
—Ayer estaba distinta —me dijo un día.
—¿Distinta cómo?
—Más fría.
—Tal vez estaba cansada.
Negó con la cabeza.
—No. Era diferente.
Yo empezaba a sentir algo incómodo.
No por David.
Por Natalia.
Había una conciencia nueva en la forma en que manejaba todo. La advertencia que di a David también deseaba con todas mis fuerzas que no fuera así. Deseaba estar mal interpretando la, pero no, cada vez era más evidente.
Una noche caminábamos juntas hacia casa cuando se lo dije.
—Estás jugando con él.
Natalia siguió caminando unos pasos antes de responder.
—Él empezó.
—Pero ahora ya no es lo mismo.
Suspiró.
—Lo sé.
La miré.
—Entonces ¿por qué?
Sonrió apenas.
—Quiero ver cuánto aguanta alguien cuando de verdad me quiere.
Esa fue la respuesta más honesta que había dado.
No lo dijo claramente pero había algo de venganza y dolor en sus palabras, quizá su boca no lo dijo, pero en sus ojos yo veía la vergüenza y el rechazo que le generaba David, porque le recordaba quien había sido, le recordaba sus mil horas llorando por amores no correspondidos, le recordaba el sentimiento de no ser querida que le atoraba el pecho y le cortaba la respiración. Aunque ella no lo admitiera David estaba pagando sus propios pecados, y los de Fernando, los del profesor y los de mil hombres más.
Pero mientras David se consumía intentando entenderla, y recuperar algo de lo que había desperdiciado, alguien más apareció.
Felipe.
Cuarto año.
Cabello oscuro, una tranquilidad rara en la forma de moverse. Pequeño, casi como ella. Afeminado, pero no femenino. No parecía esforzarse por llamar la atención. Aun así, la tenía.
Se conocieron en un grupo de estudio. Había varios estudiantes alrededor de una mesa grande cuando Felipe empezó a explicar un tema complicado con una claridad que hizo que todos se callaran para escucharlo.
Cuando terminó, Natalia habló.
—¿Siempre hablas así?
Felipe levantó la mirada.
—¿Así cómo?
—Como si supieras que todos te están escuchando.
Felipe sonrió apenas.
—No me importa si escuchan.
Algunos rieron.
Natalia no.
—Suena arrogante.
Felipe se encogió de hombros.
—No lo es.
—¿Entonces?
—Solo pienso antes de hablar.
Eso la dejó sin respuesta.
Felipe no coqueteó. No trató de impresionarla. Ni siquiera intentó acercarse más.
Simplemente estaba ahí y eso bastó.
David también estaba en esa mesa. Lo vi observar cada gesto, intentando no perder terreno.
Pero algo ya había cambiado.
Cuando Felipe se levantó para ir por agua, Natalia lo siguió con la mirada sin disimular.
David lo notó. Yo también.
Felipe volvió y se sentó.
—Gracias por la explicación —dijo Natalia.
—De nada.
—Hablas como profesor.
—Espero no terminar siendo uno.
—¿Entonces qué quieres ser?
Felipe pensó unos segundos.
—Libre.
Natalia soltó una risa corta.
—Eso no es una carrera.
—No.
—¿Entonces?
Felipe la miró directamente.
—Es una decisión.
Esa noche Natalia me escribió.
No David. Ella.
"Creo que ahora entiendo algo."
—¿Qué cosa? —le respondí.
La diferencia de tener a alguien que te quiere… y querer tú.
Felipe era bisexual y hablaba de sus relaciones pasadas con una naturalidad que rosaba lo incómodo. Ex novios, ex novias, historias contadas sin drama.
Natalia lo escuchaba como si estuviera descubriendo un idioma nuevo.
David lo sintió antes de entenderlo.
Una tarde me preguntó, con la voz baja:
—Hay alguien más, ¿verdad?
Lo miré.
Sus ojos estaban cansados.
—Sí.
Guardó silencio.
—¿Le gusta?
—Sí.
—¿Mucho?
No respondí. El silencio fue suficiente. Lo vi romperse por dentro en ese instante, inmediatamente sus ojos se inundaron y lo ví llorar, era mi primera vez viendo llorar a un hombre, y aunque nuestra amistad se basaba en ella, yo me sentí horrible.
Entonces entendí algo cruel. David no perdió algo que realmente hubiera tenido, perdió la ilusión. Ilusión que mi mejor amiga alimentó aunque para ella no significó nada.
Natalia se enamoró de Felipe sin planearlo, fácil como era costumbre en ella, él la llenaba de miraditas coquetas y esa atención que ella necesitaba, ahí fue cuando todo cambió de verdad.
Porque Natalia dejó de probar poder, ahora simplemente estaba enamorándose y sin saberlo marcaría un antes y después en NOSOTRAS.