Andrés no era el más guapo del salón.
Tampoco el más brillante.
Pero tenía algo que Natalia siempre había buscado sin saberlo:
seguridad sin esfuerzo.
No era el chico que hablaba más fuerte.
Era el que observaba y luego decía lo justo.
Al principio, su coqueteo fue ligero.
Nada obvio.
Miradas sostenidas un segundo más.
Comentarios con doble filo.
Una vez, en laboratorio, se sentó demasiado cerca.
—¿Siempre frunces el ceño cuando te concentras? —le preguntó.
Natalia levantó la vista.
—¿Siempre me miras cuando me concentro?
Andrés sonrió.
—Solo cuando vale la pena.
Yo estaba frente a ellos.
Vi cómo Natalia no se sonrojó.
Eso era nuevo.
Antes habría bajado la mirada.
Ahora sostenía.
—¿Y valgo la pena? —preguntó ella.
Andrés inclinó la cabeza.
—Lo suficiente como para averiguarlo.
No era intenso.
Era constante.
Y eso fue lo que la atrapó.
Empezaron a hablar más.
Mensajes en la noche.
Biblioteca juntos.
Pequeños toques en el brazo que parecían accidentales.
Una tarde, salimos del campus y Andrés caminó con nosotras.
—¿Siempre andan pegadas? —preguntó.
—Desde hace años —respondí.
—Eso es peligroso.
Natalia rió.
—¿Por qué?
—Porque si una me odia, la otra también.
Natalia lo miró fijo.
—Depende de cómo te comportes.
Ese día, cuando regresamos a casa, Natalia no podía dejar de sonreír.
—Es distinto —me dijo.
—¿Distinto cómo?
—No me hace sentir desesperada.
Eso era verdad.
Con Andrés no había urgencia.
Había ritmo.
Y cuando él le pidió que fueran novios, fue casi natural.
Estaban sentados en las gradas del edificio de informática.
Nada romántico.
Nada espectacular.
—No me gusta compartir —dijo él.
—¿Compartir qué?
—Tu atención.
Natalia levantó una ceja.
—No sabía que la tenías.
—La quiero.
Silencio.
—¿Y qué propones?
Andrés la miró con una media sonrisa.
—Que seas mi novia.
Natalia no celebró cuando Andrés le pidió que fueran novios.
No gritó.
No me abrazó.
No hizo escena.
Solo dijo:
—Bueno.
Y sonrió como si por fin algo hubiera encajado.
—Entonces… ¿ya eres oficialmente mía? —preguntó él en las gradas del edificio.
Natalia lo miró con esa sonrisa que había aprendido a usar en la universidad.
—¿Tú quieres que lo sea?
—Sí.
—Entonces sí.
Simple.
Claro.
Público.
Al día siguiente ya todos sabían.
Andrés caminaba con la mano en su cintura.
La esperaba afuera de clase.
Le decía “novia” en voz baja, como si la palabra fuera un secreto compartido.
Natalia flotaba.
No exageraba.
No presumía.
Solo estaba… tranquila.
Era distinto a todo lo anterior.
No había ansiedad.
No había urgencia.
Solo una certeza suave.
Yo la veía reírse mientras él le susurraba cosas.
Y pensé:
Ahora sí.
Pero la universidad es un ecosistema.
Y cuando algo brilla, alguien lo nota.
Johanna no había mostrado interés antes.
O quizá yo no lo había visto.
Era de las ocho mujeres.
Alta.
Curvas marcadas.
Más silenciosa que Natalia.
No competía abiertamente.
Pero tampoco necesitaba hacerlo.
El segundo día de noviazgo, Johanna se sentó frente a Andrés en laboratorio.
Demasiado cerca.
—¿Me ayudas con esto? —preguntó inclinándose.
Andrés dudó un segundo.
—Claro.
Natalia lo miró.
No dijo nada.
Pero su sonrisa cambió apenas.
Más tarde, Johanna se acercó a Natalia en el pasillo.
—¿Están saliendo?
—Sí —respondió ella, segura.
Johanna sonrió.
—Ah.
Solo eso.
Ah.
No había enojo.
No había reclamo.
Había algo peor: intención.
El tercer día fue el punto de quiebre.
Había una reunión pequeña en el apartamento de uno de los compañeros.
Nada formal.
Música.
Risas.
Natalia estaba sentada en el sofá junto a Andrés.
Yo estaba enfrente, hablando con otros.
Johanna llegó tarde.
Vestido ajustado.
Cabello suelto.
Mirada fija.
Se acercó directamente a Andrés.
—¿Me guardaste asiento?
Él rió incómodo.
—No sabía que venías.
—Ahora sabes.
Y se sentó al otro lado de él.
Demasiado cerca.
La dinámica cambió.
No en volumen.
En energía.
Johanna hablaba directamente con él.
Ignoraba a Natalia.
Lo tocaba cuando se reía.
—Siempre eres así de serio en clase —le dijo, acercándose más.
Andrés respondió.
Natalia dejó de reír.
Yo la observaba.
No era celos adolescentes.
Era cálculo.
Más tarde, en la cocina, escuché algo que no debía.
Johanna habló en voz baja:
—¿De verdad ya estás con ella?
—Sí.
—Qué rápido.
Silencio.
—No sabía que eras así.
—¿Así cómo?
—Impulsivo.
La palabra quedó flotando.
Cuando volvieron al grupo, Andrés estaba más distante.
Natalia lo notó.
Esa noche, de regreso a casa, ella no hablaba.
—¿Qué pasó? —le pregunté.
—Nada.
Mentía peor cuando estaba herida.
Al día siguiente, Andrés fue frío.
No tomó su mano.
No se sentó a su lado.
Cuando Natalia le preguntó, él suspiró.
—No me gusta el drama.
—¿Qué drama?
—Johanna dice que tú le hiciste un comentario feo.
Natalia se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Que la miraste mal. Que la estás incomodando.
—¿Estás bromeando?
—No.
—Yo no le dije nada.
Andrés evitó su mirada.
—No quiero problemas entre ustedes.
—¿Problemas?
Silencio.
Y entonces la frase que lo arruinó todo:
—No pensé que fueras así.
Así.
Otra vez esa palabra.
Tres días.
Duraron tres días.
Andrés no terminó oficialmente.
Solo se fue apagando.
Más mensajes a Johanna.
Más distancia con Natalia.
Hasta que el cuarto día, simplemente no la esperó afuera del salón.
No la buscó.
No la llamó novia.
Nada.
Natalia no lloró frente a él.
Eso fue lo nuevo.
Esperó.
Dos días más.
Observó.
Y cuando lo vio riéndose con Johanna en el campus, con la mano demasiado cerca de su cintura…
entendió.
No hubo pelea.
No hubo escena.
Solo una frase seca.
—Quédate con lo que te haga menos complicado.
Andrés no respondió.
Johanna sí.
La miró con una media sonrisa.
No triunfal.
Consciente.
Las siguientes dos semanas fueron peores que cualquier humillación del colegio.
Porque esta vez sí había sido elegida.
Y aun así, no fue suficiente.
Natalia dejó de arreglarse.
De reír fuerte.
De coquetear.
No por falta de interés.
Por cansancio.
—Siempre aparece otra —me dijo una noche.
—No siempre.
—Sí.
Y en sus ojos ya no había ilusión.
Había algo más peligroso.
Una conclusión.