ELLAS

1239 Words
Durante los primeros meses de nuestra amistad, todo parecía girar alrededor de lo mismo. Sus lágrimas. Sus preguntas. Su desesperación. Era como si cada semana hubiera una nueva versión del mismo dolor, repetido con distintas palabras. —Es que no entiendo… —me decía, sentada junto a mí en algún rincón del colegio, con los ojos brillosos—. ¿Por qué a todas les pasa menos a mí? Yo la miraba sin saber exactamente qué responder. Porque para mí, tener novio era una idea lejana, casi irrelevante. No era algo que definiera mi existencia. Pero para ella… para ella era como una urgencia biológica. —No es tan grave —intentaba decirle, suave—. No tienes que forzarlo. —Tú no entiendes —susurraba, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Tú no sabes lo que se siente que nadie te elija. Había algo en esa frase que me incomodaba, no por crueldad, sino por lo absoluto. Como si la vida solo se tratara de ser elegida. Como si no hubiera nada más. Yo quería ayudarla, de verdad. Quería creer que lo que estaba haciendo era acompañar a una amiga. Pero a veces sentía que estaba sosteniendo un pozo sin fondo. Y aun así, me quedaba. Porque era lo que hacía. Escuchar. Observar. Estar. Un día, semanas después, me pidió que la acompañara con su antiguo grupo de amigas. —Solo un rato —dijo, intentando sonar casual—. Ellas… ellas quieren verme. Yo asentí, aunque desde el inicio sentí esa incomodidad anticipada, como cuando entras a un lugar que no te pertenece. El salón donde estaban era distinto al mío, no por el espacio físico, sino por la energía. Ellas reían fuerte, se hablaban encima, se lanzaban bromas que parecían cuchillos envueltos en papel de colores. Yo me senté un poco apartada, sintiéndome como una sombra. No encajaba. No porque fueran mejores o peores, sino porque su mundo era otro: uno donde todo era espectáculo, donde cada gesto tenía público. Natalia parecía transformarse con ellas. Como si quisiera volver a ser parte de algo que ya no la incluía del todo. Una de esas chicas, Andrea, era especialmente… intensa. Tenía esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos. Esa manera de hablar como si siempre estuviera jugando a algo. Andrea entró al salón como si fuera dueña del aire. —¡Natalia! —gritó, exagerada—. Vení. Natalia se enderezó de inmediato. —¿Qué pasa? Andrea sonrió, como si estuviera a punto de dar una noticia importante. —Te van a presentar a alguien. Natalia se quedó congelada. —¿A quién? —A Fernando —dijo Andrea, como si pronunciara un nombre mítico. El brillo en los ojos de Natalia fue instantáneo. Fernando. Ese chico del que había hablado demasiadas veces, como si su existencia fuera una promesa. —¿Fernando? —repitió, y su voz se quebró un poquito—. ¿De verdad? Andrea se encogió de hombros. —Sí. Dice que quiere conocerte. Yo vi cómo Natalia se llevaba una mano al cabello, nerviosa. —¿Pero… cómo? ¿Ahora? —Ahora —confirmó Andrea. Natalia se levantó tan rápido que casi tira la silla. —Espérenme —dijo, y salió del salón. Las otras chicas se miraron entre sí, conteniendo risas. Yo no entendí. No todavía. Natalia regresó unos minutos después, distinta. Se había retocado el brillo labial. Sus mejillas estaban más rosadas. Sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de ilusión y necesidad. —¿Me veo bien? —me preguntó en voz baja, inclinándose hacia mí. Yo asentí, aunque no sabía qué decir. —Sí… te ves bien. Andrea aplaudió. —¡Ya, ya! Vamos. Natalia salió con ellas, casi flotando. Yo dudé. No estaba invitada. Nadie me había dicho “ven”. Pero algo en mí se inquietó. Así que salí unos pasos después, despacio, como quien sigue una escena que no quiere presenciar pero tampoco puede ignorar. El pasillo estaba lleno de ruido. Voces. Puertas abriéndose. Risas que rebotaban en las paredes. Las chicas se detuvieron cerca de otro salón. Andrea señaló hacia la puerta. —Ahí está. Natalia respiró hondo. Se acomodó el cabello detrás de la oreja. Parecía una niña esperando que el mundo le diera, por fin, lo que tanto había pedido. Yo me quedé más atrás, cerca de una columna, observando. Entonces lo vi. Fernando. Salía del salón acompañado de tres chicos. Pero no caminaba normal. Lo estaban jalando. Literalmente. Uno lo tomaba del brazo, otro lo empujaba por la espalda, otro se reía mientras lo arrastraban hacia adelante como si fuera un muñeco. Fernando se resistía, incómodo. —¡Ya, ya! —decía uno de ellos, riéndose—. ¡Andá pues! —¡Dejá de j***r! —protestaba Fernando, intentando soltarse. El pasillo empezó a llenarse de miradas. Risas. Gente que se detenía solo para ver. Yo sentí un nudo en el estómago. Natalia estaba parada ahí, inmóvil, con el brillo en los labios y los ojos llenos de esperanza, sin entender que lo que estaba pasando no era romántico. Era un espectáculo. Andrea y las otras chicas se tapaban la boca para reír. Fernando fue empujado hasta quedar justo frente a Natalia. Hubo un segundo de silencio. Ese segundo en el que todo podría haber cambiado si alguien hubiera tenido un poco de humanidad. Natalia sonrió, nerviosa. —Hola… —susurró. Fernando la miró. No con ternura. No con interés. La miró como se mira una obligación incómoda. No dijo nada. Ni una palabra. Su rostro estaba rojo, no por emoción, sino por vergüenza ajena. Luego, sin siquiera fingir… se dio la vuelta. Y se fue. Así. La dejó ahí. Parada sola en medio del pasillo. Como si no existiera. Como si hubiera sido un chiste. El pasillo estalló en risas. Alguien silbó. Andrea se dobló de la risa. —¡Ay, no! —dijo entre carcajadas—. ¡Fernando es un caso! Natalia no se movió. Yo la vi quedarse quieta, como si su cuerpo no supiera qué hacer con la humillación. Su sonrisa se derritió lentamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Y entonces, sin decir nada, regresó al salón. Caminó rápido, con la cabeza baja. Yo la seguí. Cuando entré, estaba sentada en su silla, temblando. Las lágrimas le caían sin control. —Natalia… —dije, acercándome. Ella levantó la cara. Su brillo labial seguía intacto. Eso fue lo peor. Como una prueba absurda de que había intentado. —¿Por qué…? —susurró—. ¿Por qué hicieron eso? Yo miré a Andrea y las otras, que seguían riéndose como si nada. Sentí algo extraño en el pecho. No era solo pena. Era una primera alarma. Una sensación de que esa gente… no era amiga de nadie. Natalia se cubrió el rostro. —Soy ridícula —dijo entre sollozos—. Soy ridícula por creer… Me senté a su lado, sin saber qué decir. Porque no había palabras que devolvieran la dignidad cuando te la arrancan en público. Solo podía estar. Solo podía acompañarla en el silencio. Y mientras ella lloraba, yo pensé algo que no dije en voz alta: Quizá el problema no era Fernando. Quizá el problema era que Natalia estaba rodeada de personas que confundían la crueldad con diversión. Y quizá… sin darse cuenta… ella también estaba aprendiendo a vivir dentro de eso.
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