Sus ojos de un n***o intenso, brillaban en esta ocasión de una manera especial, un destello que en lugar de iluminar opaca la felicidad. Permanecía inmóvil, de pie recostado en diagonal sobre el marco de la puerta, con sus piernas en diagonal. Sus ojos iluminados y su sonrisa grande, muy grande tanto incomodar al que la mira, y percatarse que no era la alegría lo que la generaba, sino la satisfacción de llegar hasta allí y tener la valentía de presentarse en la habitación. Steve aún no se daba cuenta de su presencia, no lo notaba porque permanecía a mi lado sentado en la silla, con su cabeza recostada sobre la camilla y sus ojos cerrados mientras me dedicaba aquellas palabras amorosas con las que pretendía hacerme sentir mucho mejor. No sabía qué hacer, no sabía cómo comportarme, qué ac

