El eco de la impotencia aún resonaba en la sala de espera, pero Mariam, con una resolución renovada, se negó a rendirse. Acababa de salir de un abismo de pánico, y aun así, en su mente surgía una claridad fría y peligrosa. Tenía una misión. Había un orden. Y en ese instante, la prioridad eran Iris y Kenny Torres, la única familia de sangre que le quedaba a Celina.
Su teléfono ardía en la palma de su mano, pero cada llamada no respondida era un golpe que la hundía más en la desesperación.
—Contesten, por favor… Celina los necesita —murmuró, con la voz ahogada, como si sus palabras pudieran atravesar la distancia.
¿Dónde demonios estaban? ¿Acaso el universo no podía darle un respiro, ni siquiera ahora?
Con un suspiro entrecortado, dejó el teléfono sobre su regazo por un momento. Había otras personas que también debían saberlo. Amigas. Hermanas de corazón.
Marcó a Leticia. El tono de ocupado se repetía una y otra vez. Mariam podía imaginar la escena: Leticia y su novio en otra de sus batallas épicas, siempre intensos, siempre al borde de la ruptura, con el auricular tirado como símbolo de su rabia. Un suspiro frustrado escapó de sus labios. Annie tampoco respondía. La más predecible de todas.
—Seguro se quedó dormida leyendo un clásico, con Mozart en los audífonos —pensó Mariam, dibujando en su mente la escena con una mezcla de ternura y envidia. Qué fácil debía ser vivir en ese mundo ajeno, lejos del dolor.
Al cuarto intento, por fin, la voz de Reina irrumpió al otro lado de la línea. Mariam sintió un alivio inmediato, aunque junto a él nació un nudo de resentimiento.
—¡Mariam! ¿Qué pasa? ¿Por qué me llamas a estas horas? —Reina sonaba somnolienta, pero el tono cambió en cuanto escuchó la voz quebrada de su amiga.
En un torrente desbordado, Mariam le contó todo: el hallazgo, la ambulancia, el hospital, el frasco de Valium. Reina escuchó sin interrumpir, solo lanzaba preguntas rápidas, precisas. Al final, el silencio pesó como plomo.
—Tienes que llamar a Dante —dijo por fin, con voz firme, sin titubeos.
Mariam se tensó. El alivio se transformó en hielo.
—¡No! —estalló—. ¡No voy a llamarlo! ¡No después de lo que le hizo!
—Mariam, escúchame. No justifico nada, pero él debe saberlo. Después de lo que hablamos, estoy convencida de que Celina necesita ayuda profesional… y él también. No podemos culparlo por una decisión que fue de ella. Él no la obligó a hacerlo.
Esas palabras, “solo ella decidió”, fueron cuchillas que se clavaron en el pecho de Mariam. La culpa, escondida apenas unos minutos, volvió a devorarla.
—¡Tampoco la detuvo! —gritó, con las entrañas encendidas—. ¡La dejó sola en la madrugada! ¿No entiendes? ¡Él es el culpable!
Santiago, que seguía a su lado, le apretó la mano con firmeza, como un recordatorio silencioso de que debía calmarse. Mariam respiró hondo. No podía desgastarse discutiendo con Reina en ese momento.
—Necesito que vengas ya… y que intentes contactar a Annie y a Leticia. Tenemos que estar todas aquí —pidió, bajando el tono de su voz.
—Ya voy en camino. Y sí, las llamaré. Pero también llamaré a Dante. Nos guste o no, él tiene derecho a saber.
Mariam cortó la llamada con un gesto brusco. Su corazón golpeaba su pecho como un tambor furioso. Reina no lo entendía. Dante no tenía derecho a nada. Su mera presencia era una afrenta para Celina.
Entonces, Santiago habló, con voz baja pero firme:
—Mariam, mis hermanos llevan horas llamándome. Saben que algo pasa. No puedo seguir ignorándolos. Si me quedo, no solo me meteré en problemas… tampoco podré ayudarles como quiero. Tengo que irme.
Ella lo miró, leyendo la preocupación en sus ojos. La culpa de Santiago era distinta: la de un médico que no podía operar, un salvador atado de manos.
—Está bien —susurró, la gratitud llenándole la voz—. Gracias, Santiago. No sé qué habría hecho sin ti.
Él asintió, con la mirada fija en la puerta de cuidados intensivos.
—Solo prométeme algo… —pidió, su voz una promesa solemne—. Prométeme que lucharán por mantenerla con vida.
—Lo haremos, pero tú debes de ser mas responsable con tus hermanos. Agradezco lo que has hecho por Celina y por mí, pero tienes que atender tus propias obligaciones. El que dejaras la banda y ahora solo aparezcas poco, han hecho que ellos también la pasen mas asi que debes de cumplir con tus obligaciones —dijo Mariam, con firmeza renovada.
Santiago sonrió apenas, un destello fugaz, y desapareció por el pasillo.
Mariam quedó sola, con el teléfono en la mano, la culpa colgando de sus hombros y la certeza de que Reina cumpliría su palabra de traer a Dante. La sala de espera, antes llena de movimiento, se volvió demasiado grande, demasiado vacía. El hospital, con su olor a desinfectante y sus pasillos interminables, era ahora un laberinto de miedo.
El tiempo se arrastraba. Minutos que pesaban como horas. Y entonces, una silueta apareció al final del pasillo. Alta, imponente, con el rostro desencajado entre la furia y el pánico. Dante Carbajal.
No era un hombre destrozado por la preocupación. No. Era alguien que venía a tomar el control. Sus ojos, que alguna vez brillaron de ternura por Celina, ahora tenían un destello frío y calculador. Mariam se puso de pie de inmediato, el corazón golpeándole la garganta, lista para enfrentarlo.
—¿Dónde está? —preguntó él, su voz cargada de autoridad, acercándose al mostrador de la enfermera.
Mariam se interpuso, su cuerpo temblando pero su voz convertida en cuchillas.
—¿Quién te dio derecho a venir aquí?
Dante ni siquiera le dedicó una mirada. Sus ojos estaban fijos en la enfermera.
—Soy su prometido. Necesito la información y la custodia legal de Celina Torres.
La arrogancia en su tono encendió la sangre de Mariam como gasolina.
El sonido de su bofetada retumbó en el pasillo. La mano le temblaba, pero no se arrepentía. La enfermera contuvo el aliento, sorprendida.
—¿Con qué derecho? —gritó Mariam, con lágrimas surcando su rostro—. ¿Con qué derecho vienes a tomar el control? ¿Dónde estabas cuando ella te necesitaba? ¿Dónde estabas cuando te llamó y la dejaste sola? ¡No vengas ahora a redimirte! ¡Yo no lo permitiré!
Dante permaneció inmóvil, con la mejilla enrojecida y los ojos clavados en ella. Una mezcla de sorpresa e indignación lo envolvía. El pasillo entero se convirtió en un campo de batalla silencioso, con los presentes observando en tensión.
Y Mariam supo, en ese instante, que la verdadera guerra no era contra la culpa… sino contra ese hombre cuya sola existencia amenazaba con destruir lo poco que quedaba de Celina.