Narra Rina –¡Déjame en paz!—le grito. Se adentra más en la habitación hasta que está a solo un paso de mí. —¿Qué te pasa? ¿Por qué actúas de esta manera? No eres tú. —¿Y cómo sabes quién soy yo? Solo ves la parte de mí que te dejo ver —le respondí. —Te conozco bastante bien, creo. Resoplo. —Lo que sea. —¿Qué quieres de mí? —Si de verdad quieres saberlo, está bien, te lo diré. No te pido nada. Ni una maldita cosa. —No creo que eso sea cierto—arquea su ceja izquierda, cerrando el espacio entre la línea del cabello y la ceja. —¿Ah, sí? ¿Y qué crees que quiero de ti, eh? Ya que eres tan listo, dímelo. —Deberías tener cuidado con la forma en que me hablas, Rina. No soy un hombre conocido por su paciencia o tolerancia—sus fosas nasales se dilatan; lo estoy afectando—.¿Todo este epi

