Narra Rina Miro a mi alrededor y no veo nada más que árboles agrupados en grupos de tres o cuatro. Apenas se cuela la luz de la luna a través del dosel y los cantos de distintas especies de aves nocturnas flotan sobre mí para darme una suave serenata. Me duelen los pies descalzos porque hay algo afilado bajo ellos. Por enésima vez desde que me fui, me maldigo en silencio por no haberme puesto los zapatos que tenía puestos. Al mirar hacia abajo, veo que estoy parada sobre raíces de árboles que salen de la tierra y ramitas rotas que han caído de las ramas extendidas de los árboles de arriba. Doy un paso tentativamente hacia adelante, luego otro, mis ojos escanean de un lado a otro, tratando lo mejor que puedo de ver si hay una ruta trazada en la tierra fría y húmeda. Nada me llama la aten

