᯽Issabella᯽.
Resulta que el padre de Massimo lo dejó a cargo de una empresa con la vigilancia de Leandro. Por eso aquel día se puso traje y estaba muy formal. La corbata azul marino, el saco impecable. Parecía otro.
Aunque seguía en lo mismo: no llegaba en las noches y aparecía en la mañana, para bañarse, cambiarse e irse. Ya no desayunaba con nosotros. Según él, andaba muy bien portado frente a sus padres. Estaba segura de que ni sabían que hacía su vida loca en las noches.
De algo sí me di cuenta: sabía fingir tan bien. Era un experto mentiroso. Ya estaba harta de lo mismo. Me sentía encerrada, abrumada por todo. Las paredes tapizadas de la habitación me asfixiaban.
Yo quería seguir estudiando mi carrera, ir a la universidad y graduarme. Se lo propuse a Analice y prometió que me ayudaría para eso. Les juro que era lo que más quería: estar fuera de esta casa.
Un día Massimo no salió después de llegar de la empresa. Se me hizo muy extraño.
—¿No vas a salir hoy? —le pregunté con malicia.
Yo estaba sentada en mi sillón, viendo mi celular, y él estaba en su cama viendo algo en su laptop. Me miró como analizando mi comportamiento. Me sonrojé y evadí su mirada. Lo vi levantarse. Se quedó mirándome detenidamente.
—¿Ahora qué pasa? ¿Por qué me miras así?
Se puso de cuclillas para quedar a mi altura. Noté en sus ojos mucha tristeza. Una tristeza honda, verde, que no le conocía. Me descolocó de inmediato su actitud. Me acomodé en el sillón, hundiendo los dedos en el cuero frío.
—Bella… —quiso tomar mi mano, pero rápido me levanté.
—¿Ahora qué pretendes? Déjame tranquila.
Caminé hacia el baño, pero Massimo me detuvo. No sé cómo logró tomarme de la cintura, y me besó.
Sí, me besó. No hice nada para detenerlo. Me estaba dando mi primer beso. Era algo hermoso lo que estaba pasando. Massimo tomó mi rostro con sus manos, ásperas y calientes, y comenzó a besarme. Su boca sabía a menta y a culpa. El corazón me latía en la garganta, en las muñecas, en todas partes.
Reaccioné empujándolo al tiempo que le di una buena cachetada. El sonido retumbó en la habitación.
—¡¿Qué te pasa, idiota?!
Agarró su mejilla y me vio, con esa tristeza en la mirada. Me incomodó sentir compasión por él. Porque yo debía odiarlo. No me tenía permitido sentir compasión por él.
—Bella… no sé cómo pedirte perdón.
Me movió de mi centro. ¿Qué quería ahora? ¿Hacerme una más de sus bromas?
—¿Perdón?… —pregunté confundida.
—Quiero pedirte perdón por todo. Desde que estábamos en la secundaria y parte de la prepa. Te hice la vida imposible.
—¿Estás drogado otra vez?
—No, no… estoy más lúcido que nada. Mira… me di cuenta de que no merecías ese trato de mi parte. Todo por una maldita mentira que fue sembrada y regada dentro de mí.
Me quedé en silencio. ¿Acaso ya se había dado cuenta de todo? Pero, ¿cómo? ¿Qué lo hizo abrir los ojos?
—Ah, pues qué bien… te felicito, pero a mí no me involucres en tus cosas.
Caminé para el baño y nuevamente me tomó de la cintura. No les voy a negar que sentía maripositas en mi estómago, solo con que se acercara a mí. Su pecho contra mi espalda, su respiración en mi nuca.
—No, no… escúchame. Sí estás involucrada, obvio que sí. Mira, sé que estos años he sido un maldito patán contigo.
Me crucé de brazos, poniéndome atenta a lo que estaba diciendo.
—¿No crees que es demasiado tarde para esto?
—No, no, Bella. Porque yo estoy arrepentido. Yo quiero ser tu esposo de verdad.
Me miró a los ojos, pero se veía diferente su actitud. No estaba el cinismo de siempre. Había algo roto, algo que pedía a gritos.
—Pues yo no quiero ser nada de ti. Si vamos a seguir en este teatrito, sigue como habías estado estas últimas semanas: ignorándome. No me hables, no te me acerques… no quiero nada de ti. Y, suéltame, no quiero que te me vuelvas a acercar.
Lo aventé a un lado. Era la hora de la comida y tenía que bajar con la familia.
Me quedé pensando en lo que me acababa de decir Massimo. ¿Qué demonios pasó ahí?
Salí del baño y estaba sentado en la orilla de la cama, llorando. Los hombros le temblaban. Me quedé pasmada un rato. ¿Qué debía hacer? ¿Qué? Si nunca hemos tenido una buena relación… bueno, antes sí, ahora no.
¿Cómo es que ahora viene arrepentido?
¿Y si es una trampa para seguir riéndose de mí?
Me pasé de largo para cambiarme de ropa. No dejaba de pensar en el beso que me había dado… fue maravilloso. Lo que siempre imaginé. El roce de sus labios, la forma en que me sostuvo la cara como si fuera de cristal.
Me quedé sobrepensando lo que había sucedido.
Pero no podía perdonar todo lo que me había hecho así como así. ¿O no? El haber llevado a la maldita esa a la boda, y lo peor: tener relaciones con ella en la habitación que supuestamente sería de nosotros… porque, digo, no éramos esposos de verdad, pero ante la sociedad sí…
¿Cómo pudo burlarse así de mí?
Llevé mis manos a la cabeza porque era mucha información que procesar.
Desde hace años, me trató tan mal… y todo por esa desgraciada. Todavía en la boda me dijo que me odiaba.
—Bella… —me asustó cuando entró al vestidor. Estaba parado ahí en la puerta, con su cara preciosa súper triste—. Por favor, perdóname… no me alcanzará la vida para pedirte perdón. Ahora entiendo y me recrimino cómo es que nunca aclaré nada contigo, cómo nunca te dije lo que me decían de ti.
Caminó hasta quedar a mi lado. No me moví. Muy en el fondo quería que él me volviera a besar. Quería abrazarlo, ya que se veía tan vulnerable, pero…
¿Por qué iba a tener misericordia de alguien como él?
Él, que nunca la tuvo conmigo y dejó que Lilibeth me hiciera la vida de cuadritos desde que se hicieron novios.
Tantos años que han estado juntos… que se hicieron uno mismo. Los dos eran unos odiosos, crueles y majaderos conmigo…
¿Por qué ahora yo lo dejaría entrar a mi vida?
—No quiero saber nada, Massimo…
Quise caminar a la salida con mi ropa en la mano, pero me detuvo.
—Espera, espera… por favor, escúchame, te lo pido.
—Ya es tarde… tenemos que bajar…
Me retiré de su lado para cambiarme en el baño.
Una vez ahí, me recargué en la puerta. La madera estaba fría contra mi espalda.
Mis sentimientos por Massimo no habían muerto. Estaban vivos todavía. Mis sentimientos me querían traicionar, ya que tenía ganas de salir del baño, lanzarme a sus brazos y besarnos hasta cansarnos.
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Issabella.
A los 12 años.
Lilibeth ha logrado enredar a Massimo en todo lo malo. Marelis dice que porque ya tuvieron sexo. Se me hace muy fuerte que sea verdad algo así.
Somos menores de edad, ¿cómo pueden hacer eso? Pero bueno, tal vez tiene razón, ya que Massimo anda tras ella a todo momento. Hace tonterías y a cada rato lo regañan los maestros. Es la desilusión de sus excompañeros de equipo.
Del chico lindo, atleta y popular solo queda el recuerdo. Ahora es el niño problema del 3°A. Todos hablan de él todavía, pero ya no como un superdotado. Ahora es el inadaptado.
No puedo creer que cambiara tanto, en tan pocos meses. Felipe, su amigo, que siempre había sido el chico problema, ya le queda corto.
Lilibeth siguió molestando, aunque ahora estaba más ocupada con su novio. Así que de cinco veces que me molestaba, ahora solo dos le bastaban para hacerme miserable la estancia en la escuela.
Nunca le he dicho nada a nadie. Me avergüenza que sepan que soy una tonta dejada. Además, ¿quién me va a creer?
Voy camino a mi salón, pensando en mi tormento: Massimo, y el porqué cambiaría tan así de actitud conmigo.
Voy distraída cuando siento que alguien me mete el pie y me caigo. Las rodillas me arden contra el piso del pasillo.
—Ten cuidado, cerdita. No vayas a provocarnos un temblor.
Todas las amigas de Lilibeth, incluida ella, comienzan a carcajearse. Las veo desde el suelo. Un coraje crece dentro de mí. Ya no quiero que estas niñas me sigan molestando.
Me levanto rápido y las aviento. Comienzan a burlarse más de mí. Lilibeth me toma del cabello y me empuja. Sin pensarlo, me le voy encima y la agarro de los cabellos, esos que siempre trae bien peinados. Comienza a gritar como loca y me asusto.
—¡Suéltame, suéltame, Issabella! ¡Estás loca!…
Me desconcierta la manera en la que grita, cuando de pronto siento que alguien me jala del brazo y me avienta. Sin remedio, caigo al suelo… es Massimo.
—¡Déjala, loca! ¿Qué te pasa?
—Massimo… —la muy desgraciada se acurruca en sus brazos, lloriqueando, mientras que yo estoy tirada en el suelo.
—¿Qué te pasa, Issabella? ¿Por qué agredes a Lili?
Me levanto del suelo. Siento cómo se quiebra mi corazón. Massimo jamás me había llamado Issabella. Siempre era Bella.
—Es que ella me… —trato de defenderme, de decir algo, pero no se me permite decir nada.
—¡Cállate! ¡Todas son testigos de que siempre me estás molestando! —dice con esa actitud falsa de víctima.
La muy malvada comienza a decir mentira tras mentira. Massimo me ve horrorizado y todas secundan lo que está hablando.
—¡Eso no es verdad! ¡Di la verdad, Lilibeth! —le grito con impotencia de no poder hacer nada.
—¡Ya cállate!… Eres de lo peor, Issabella —Massimo me calla, gritándome horrible. Su voz me atraviesa.
Caminan abrazados. Al pasar a mi lado, Massimo me empuja, sin mirar si me lastima al pasar o algo. El hombro me duele por el golpe.
Los veo alejarse y me pongo a llorar. Me meto al baño para que nadie me vea. El azulejo está frío y huele a cloro. No entiendo cómo Massimo fue tan malo conmigo. Soy yo, Issabella. ¿Ya no me recuerda o qué?
En fin, que me quedo lloriqueando un largo rato.