Ijov toma la mano de Ishla para entrar a la capilla donde ya lo espera un juez de servicio, quien oficializará su matrimonio. Su corazón palpita fuerte dentro de su pecho. Se siente como un chiquillo que su padre le regaló el juguete que había esperado. Ni Santa había sido tan generoso con él. —¿Estás lista para ser la señora Lynx? —pregunta al sentirla rígida. Ishla con la sinceridad que la distingue niega repetidas veces. —Si te soy sincera, preferiría estar en un convento a ser tu esposa. —dice sin poder ocultar su recelo. —Te acostumbraras, serás al fin mi mujer y eso nadie lo podrá cambiar. —susurra acariciando sus labios con su pulgar—. Ya quiero llegar al hotel. A Ishla no le costó más remedio que aceptar ese absurdo de matrimonio, parecía como si todos hubieran sido comprado

