Esa misma noche, después de que la pequeña celebración terminara y los guardias redoblaran la vigilancia, Luciano y Aurora se encontraban en la biblioteca. Emma se había quedado dormida en uno de los sofás grandes, abrazada a un oso de peluche que Luciano le había regalado. Luciano observaba a la niña desde lejos, con una expresión inusual en su rostro: una mezcla de respeto y una ternura que intentaba ocultar tras su fachada de hierro. Se acercó a Aurora, que comía algo de fruta cerca de la chimenea. —Ella ha pasado por demasiado, Aurora —dijo Luciano, señalando a Emma con la cabeza—. Dante la usó como carnada, Enzo la asustó... y aun así, hoy sonreía en nuestra boda como si nada malo pudiera volver a pasar. Aurora suspiró, acariciando su vientre con distracción. —Es valiente. Pero m

