El silencio en la mansión Costello nunca era sinónimo de paz; era, más bien, el aviso de una tormenta que se gestaba en las alcantarillas. Luciano se encontraba en su despacho, rodeado por el humo denso de un cigarro que apenas probaba. Sus ojos, antes fríos como el hielo ahora se suavizaban por ráfagas cuando su mente traicionera volvía a la habitación donde Aurora descansaba. Esa mujer lo tenía completamente loco, idiotizado por ella… esclavizado. Y lo peor, era que eso no le molestaba. Podría vivir para idiolatrarla, tocar su piel y eso sería más que suficiente para él. Había expulsado a Enzo, sí. Pero la sensación de una espina clavada en la garganta no desaparecía. No confiaba en Enzo y en sus ambiciones. —Gino —llamó Luciano sin levantar la vista del mapa de distribución de

