Entre tanto, Dante desde su escondite, con una máscara de hierro sobre su rostro ocultando sus quemaduras y con cierta dificultad para respirar observaba una foto de ella. —Disfruta tu felicidad, Aurora —susurró Dante con una voz que parecía venir desde el mismo infierno—. Porque lo que más amas, será lo que use para destruirte, ya no tengo nada más que perder. Luciano no era el mismo desde que salió de prisión. La celda había afilado sus instintos y su amor por Aurora había cruzado una línea peligrosa. No solo la amaba; la veneraba como algo que el mundo intentaba arrebatarle. —No quiero que salgas sin cuatro hombres detrás de ti, Aurora. Ni siquiera al jardín —sentenció Luciano, mientras trazaba con su pulgar la línea de su mandíbula. Estaban en la terraza y la luz de la luna bañab

