El trayecto hacia la residencia de la madre de William transcurre en un silencio denso, interrumpido únicamente por el murmullo constante del motor devorando millas de asfalto. A mi lado, William mantiene la vista fija en la ventana, con la mano izquierda apoyada sobre el pomo de su bastón y la derecha entrelazada con la mía sobre el asiento de cuero. Detrás de nosotros, manteniendo una distancia prudente en la carretera, nos sigue un segundo vehículo en el que viajan Victoria y Francesca. A medida que dejamos atrás el hormigón y el bullicio de Londres, el paisaje cambia drásticamente. Las carreteras se vuelven estrechas y sinuosas, flanqueadas por matorrales espesos, árboles antiguos y colinas de un verde denso que parecen perderse en el horizonte. Cuando el vehículo reduce la velocidad

