El tiempo parece congelarse en la sala. La palabra «esposito» retumba en mis oídos como una explosión ensordecedora, haciéndome perder el aliento por completo. El aire se vuelve tan pesado que siento una opresión física en el pecho. ¿Esposo? Giro la cabeza bruscamente hacia William, esperando desesperadamente ver en su rostro la confusión o el rechazo tajante ante una mentira absurda. Pero no hay desmentido. La palidez cadavérica que ha cubierto las facciones de William y la vena que palpita con fuerza en su cuello mientras mantiene su mandíbula apretada me confirman la aterradora verdad… ella no es una intrusa cualquiera. —¿Qué demonios haces aquí, Vanessa? —La voz de William sale grave, rasgada, impregnada de un peligro letal que jamás le había escuchado. No hay ni una gota de la cali

