Las cuatro horas y media al volante desde las colinas verdes y onduladas de Yorkshire hasta la selva de asfalto de Londres pasan como un suspiro largo, pesado y sofocante. El zumbido constante de las ruedas sobre el pavimento mojado se convierte en el único ritmo disponible para procesar el torbellino de pensamientos que golpean mi cabeza.
Mi vida durante los últimos dos años ha sido un ejercicio brutal de dolor y resiliencia. Dos años atrapada en un cuerpo que no respondía, en una mente golpeada por lagunas insondables y en una rutina de rehabilitación que me robó un par de años para devolverme, a duras penas, una independencia a medio construir. Ahora debo empezar a vivir de nuevo. O eso es lo que mi padre me repetía constantemente cuando me alentó a postularme a este trabajo que no tiene absolutamente nada que ver con lo que conozco.
Durante mis veintiocho años de vida jamás pensé estar en esta situación. Yo soy maestra de música; mi mundo era el piano, la teoría musical y la paciencia infinita con niños pequeños. Pero mi accidente me llevó a tomar esta decisión. Las deudas médicas, la necesidad imperiosa de despegarme del refugio del campo y el ansia de demostrarme que no estoy rota me arrastraron hasta este punto.
Ahora debo ser la cuidadora de un hombre que no parece nada feliz de tenerme en su espacio. Pero no es como si tuviera muchas opciones. De hecho, ninguno de los dos las tiene: a mí me hace falta el dinero y un techo para estabilizarme, y a él le hace falta una mano dura que lo haga salir de su caparazón. Cuando la señora Cavendish me había dicho que su hijo es un hombre difícil, pensé que exageraba con ese dramatismo típico de la alta sociedad. Pero ahora creo que se ha quedado ridículamente corta, y algo me dice que no tardaré mucho en comprobarlo por mí misma.
Atravieso el tráfico caótico y denso del centro de Londres, esquivando autobuses rojos y taxis negros bajo una llovizna persistente, hasta que encuentro la entrada del edificio. Giro el volante y me adentro en el estacionamiento subterráneo, descendiendo por una rampa iluminada por tubos fluorescentes hasta estacionar mi pequeño vehículo, que parece un intruso humilde entre los deportivos y los SUV de lujo que ocupan las plazas vecinas.
Mi coche lleva casi todas mis pertenencias en el maletero. Respiro hondo. El aire dentro del pequeño espacio huele a cuero viejo y al perfume de lavanda que mi madre metió en mi bolso antes de salir.
Antes de bajar, tomo la camisa blanca que está perfectamente doblada sobre el asiento del copiloto junto a mi bolso de cuero gastado. Me quito con cuidado la camiseta cómoda de viaje, sintiendo el aire frío del subterráneo erizarme la piel de los brazos, y me pongo la camisa blanca, ajustando los botones hasta el cuello con dedos firmes. Combina a la perfección con la falda negra que me llega justo por debajo de las rodillas, sobria y profesional. Me estiro hacia el asiento trasero para tomar los tacones negros de anchura media, cambiándolos por las zapatillas deportivas que usé para conducir.
—Vamos, Aisling, esto no te puede quedar grande —me digo a mí misma en un susurro frente al espejo retrovisor—. En tu vida has lidiado con clases enteras de niños de siete u ocho años hiperactivos y has podido con ellos. Un hombre adulto no va a ser la excepción.
Me arreglo el cabello rojo, recogiéndolo en un moño bajo y pulcro que sujeta cualquier mechón rebelde. Aplico solo un poco de bálsamo hidratante en mis labios secos y me pellizco suavemente las mejillas para devolverles el color tras el cansancio del viaje. Mis ojos color ámbar se ven desproporcionadamente grandes para mi rostro en este momento, enmarcados por pestañas oscuras que delatan la tensión de mis nervios. Pero es por todo lo que está en juego. No puedo fallar.
Tomo aire, alejo de un golpe esos pensamientos de duda que no me sirven de nada ahora y bajo del auto. El sonido de mis tacones resonando contra el hormigón pulido me devuelve la sensación de control. Abro el maletero, saco mi maleta grande, ajusto la más pequeña al lado y, tras colgarme el bolso al hombro, me encamino hacia los elevadores acristalados.
Un guardia de seguridad de uniforme impecable está sentado junto a una mesa pequeña, muy diferente al vestíbulo de mármol por el que entré con la señora Cavendish hace días. Le doy al hombre una sonrisa amable que no me devuelve.
—Buenas tardes, soy Aisling Murphy y voy al ático del señor Cavendish.
El hombre mira una pantalla sobre la mesa y luego me examina de arriba abajo sin inmutarse.
—Espere un momento —dice en un tono plano y profesional. Toma la extensión telefónica sobre la mesa—. La señorita Murphy ya está aquí —anuncia. Espera un par de segundos en silencio antes de colgar—. El elevador se abrirá en unos segundos. El personal del señor Cavendish le dará acceso.
—Gracias —murmuro, sintiéndome repentinamente más nerviosa que el primer día que vine a la entrevista.
Efectivamente, unos segundos después, las puertas metálicas del elevador privado se abren con un susurro sordo.
—Apriete el botón verde y este se cerrará —me indica el hombre sin levantarse—. La llevará directamente al ático.
—Gracias —murmuro de nuevo, luchando contra el peso de mi equipaje mientras entro en la cabina acristalada.
Una vez en el interior, hago lo que me indicó el guardia. Las puertas se cierran y el ascensor comienza un ascenso rápido y silencioso hacia las alturas del edificio. Mientras subo, viendo cómo las plantas del complejo quedan atrás, me concentro en mantener una postura relajada pero profesional. Ajusto el pliegue de mi falda, me meto bien la camisa blanca dentro de la pretina para que no quede ni una sola arruga y me enderezo por completo, echando los hombros hacia atrás.
Cuando las puertas del elevador se abren con un suave timbre chime, salgo directamente al vestíbulo privado del elegante ático. Esperando al frente hay un hombre mayor de gesto extremadamente serio y, a su lado, una mujer de mediana edad con un delantal pulcro. Ambos visten uniformes de tono oscuro impecables.
—Señorita Murphy —dice el hombre mientras yo mantengo el equilibrio luchando con las asas de mis maletas.
Asiento con la cabeza, esbozando una sonrisa franca.
—Esa soy yo —digo, intentando meter un poco de calidez en el ambiente. Recordando las palabras habituales de mi padre: «Tranquila, hija, mátalos con amabilidad, que los ingleses no entienden la buena vibra de los irlandeses».
—Mi nombre es James y soy el mayordomo del señor Cavendish. Y ella es Amy, la cocinera —se presenta el hombre con una reverencia inclinada y profesional.
La mujer me da una media sonrisa sincera, aflojando la rigidez de su postura.
—Déjame llevarte a tu habitación para que puedas dejar todo y ponerte cómoda...
—Llegas tarde.
Una voz dura y áspera retumba de repente desde las sombras, desde el interior del ático, cortando el aire de golpe. Miro hacia donde proviene la voz, y noto que el lugar a esta hora ya se encuentra casi en penumbra, con las persianas automatizadas parcialmente bajadas frente a los ventanales.
—No me gusta la impuntualidad —continúa la voz, cargada de una severidad que no admite réplica—. Así que regresa por donde has venido.
Sé perfectamente que es él. El impacto de su tono helado me golpea el pecho, pero no me amilano. Me enderezo en mi lugar, consciente de que James y Amy me observan fijamente para ver cómo reacciono.
—Su madre me dijo que debía estar aquí el día lunes después del mediodía —respondo con voz firme y clara. Miro el reloj de pulsera en mi muñeca—. De hecho, estoy completamente a tiempo y antes del almuerzo. Dado que vengo conduciendo desde Yorkshire, he hecho un buen tiempo en carretera para estar aquí a la hora acordada.
En ese momento, la figura de William Cavendish emerge de las sombras del pasillo. Viste de manera informal pero impecable, con una camiseta oscura y pantalones rectos. Se apoya con firmeza sobre su bastón de diseño. Al dar un paso hacia la luz del vestíbulo, los rayos atenuados de la tarde me dejan ver con claridad detalles que no noté en nuestro atropellado primer encuentro: una cicatriz ligera pero marcada que le recorre parte del antebrazo derecho y otra muy sutil que le cruza el pómulo hasta la mejilla. Es una marca blanca, antigua, producto del paso del tiempo y de cirugías precisas, pero perfectamente visible desde mi posición.
Sus ojos grises me atraviesan como un rayo helado. Me escanea de arriba abajo con el ceño fruncido, deteniéndose un instante en mi moño y en la pulcritud de mi camisa, antes de desviar la mirada bruscamente hacia su mayordomo.
—Estaré en mi oficina. Y que nadie me moleste —ordena, haciendo un hincapié venenosamente claro en la palabra nadie.
—Sí, señor —responde James con una inclinación respetuosa y automática.
—Habrá que interrumpirlo para que almuerce y tome sus medicamentos a la hora correspondiente —digo en voz alta, sin moverme un milímetro.
William se detiene en seco justo cuando está por dar la vuelta para alejarse. Se gira despacio, sujetando el bastón con una presión tan brutal que el guante de cuero se tensa visiblemente.
—Aléjate de mi puerta —sentencia, clavando sus pupilas grises en las mías con una amenaza latente.
Pero no me asusta. No después de haber pasado dos años peleando contra mi propio cuerpo en habitaciones de hospital. En cambio, le sostengo la mirada y le dedico una sonrisa serena, casi divertida.
—Sabes, me recuerda a unos gatos que había en la granja donde crecí —suelto con tranquilidad—. Eran ariscos, extremadamente territoriales y rasguñaban a cualquiera que se les acercara. Mi padre me decía todo el tiempo que debía alejarme, pero yo insistí cada día... y al final, esos mismos gatos terminaron comiendo de mi mano.
El silencio que se instala en el vestíbulo es tan denso que casi se puede cortar. James y Amy desaparecen del vestíbulo como alma que lleva el diablo, escabulléndose hacia la zona de servicio con una rapidez pasmosa para no quedar atrapados en el fuego cruzado.
William Cavendish da un paso más cerca de mí. No me pasa desapercibida la ligera mueca de dolor que cruza sus rasgos cuando afinca el peso sobre su pierna convaleciente, a pesar del firme apoyo del bastón. Se detiene a menos de un metro de distancia, emanando un calor tenso y ese aroma denso a madera de cedro y tabaco.
—No soy un puto gato —sisea con la voz reducida a un peligroso susurro rasposo—. Soy una maldita hiena que va a morderte hasta los huesos si te acercas.
Con eso, da media vuelta sobre sus talones y se aleja a paso lento pero decidido, marcando el golpe cadencioso y metálico de su bastón contra el suelo hasta que desaparece entre las sombras.
Evito resoplar y me arreglo el cuello de la camisa. Cuando sé que estoy completamente sola en la entrada, miro alrededor, contemplando la inmensidad elegante y silenciosa del lugar.
—Bien... que comience la fiesta —murmuro con sarcasmo a nadie en realidad, tomando con fuerza las asas de mis maletas para dar el primer paso hacia mi nueva vida.