Odio los hospitales. Toda la arquitectura de estos lugares está diseñada para recordarte la fragilidad de la carne, el dolor contenido y la pérdida de control. Estar en esta habitación privada de urgencias me trae recuerdos helados de mi propia convalecencia, pero me obligo a fijar los pies sobre el linóleo pulido y mantener la vista al frente. Acostado en una cama, William Cavendish es la definición gráfica de la frustración contenida. Llevamos casi veinte minutos esperando a que los camilleros vengan a buscarlo para trasladarlo al área de radiología y realizar las placas de su rodilla y fémur. Mientras tanto, el aire dentro de la estancia se siente tan denso que casi cuesta respirar. William no ha dejado de emitir gruñidos sordos, removerse con brusquedad y lanzar miradas asesinas al

