CAPÍTULO 4

993 Words
Encuentro a William cerca de la ventana panorámica. Está inclinado torpemente, intentando ponerse de pie apoyándose desesperadamente con la mano derecha sobre el bastón, mientras suelta un gruñido gutural. Su pierna ha cedido por completo, doblándose en un ángulo inestable que amenaza con hacerlo estrellarse contra el suelo. —¡Maldita seas, lárgate! ¡No quiero a nadie aquí! —espeta con el rostro contraído por una mueca de agonía, luchando a brazo partido con su propio peso para intentar incorporarse antes de que lo vea derrotado. —¡Déjeme ayudarle! —exclamo sin dudarlo. Me acerco a toda prisa a través de la alfombra tupida e intento meter mis manos debajo de su brazo sano para sostener su torso, un acto que desata la furia inmediata de William, por lo que es evidente que considera una invasión intolerable a su intimidad y a su orgullo. —¡Que me sueltes! —ruge. Entonces da un manotazo brusco al aire intentando alejarme. No es un golpe ejecutado con violencia, sino un impulso desesperado por defender su espacio, pero el impacto desestabiliza mi agarre. Mis tacones se traban en el borde de la alfombra y pierdo el equilibrio por completo y caigo pesadamente sobre mi trasero contra el suelo de madera pulida. —¡Ah! —jadeo con fuerza cuando el impacto retumba en mi cadera y mi trasero choca contra la superficie dura. El silencio cae de golpe en la oficina, roto solo por los acordes finales de la música. Nos miramos ambos con absoluta sorpresa. William está congelado a medio metro de mí; su rostro, sudoroso y brillante, frustrado por el esfuerzo físico de intentar levantarse, se ha vuelto de un color pálido papel y me mira fijamente con los ojos muy abiertos, desencajados por una expresión clara de puro horror. Hago una mueca de dolor mientras me remuevo torpemente en el suelo, sintiendo una punzada aguda en el muslo y en la espalda baja. En ese preciso instante, James entra presuroso en la oficina, lo que me dice que no estaba muy lejos, pendiente de lo que podía suceder. —¡Señor! —el mayordomo se apresura a avanzar para ayudar a su jefe a levantarse, pero William lo detiene con un gesto seco de la mano, mirándolo con una furia helada. —¡Ayúdala a ella! —dice William con la voz alterada y el pecho agitado, tomando aire a bocanadas violentas mientras logra apoyar todo el torso sobre la mesa de la oficina para ponerse de pie por su cuenta. Noto perfectamente cómo aprieta los dientes hasta deformar la línea de su mandíbula. Su pierna convaleciente tiembla sin control de forma visible bajo el pantalón mientras se endereza centímetro a centímetro, haciendo un esfuerzo sobrehumano hasta estabilizarse sobre el bastón. —Voy a llamar al doctor de inmediato —anuncia James con gravedad mientras se agacha rápidamente para tomarme del brazo y ayudarme a ponerme de pie. —Sí, es lo mejor. Llámele ya —digo asintiendo con la cabeza hacia James en cuanto logro ponerme firme sobre mis pies—. Necesita que le revisen esa pierna; el impacto ha sido fuerte. —¡Para mí no! —interrumpe William, alzando la voz con una brusquedad que me hace dar un pequeño respingo—. Quiero que el médico te revise a ti... No quise hacerte daño. Su voz ha bajado varios decibeles de golpe. La dureza que me ha mostrado hasta ahora se ha agrietado para dejar ver un destello de culpa genuina, aunque la gélida distancia en su mirada aún me atraviesa como una espada. —Yo estoy perfectamente bien, señor Cavendish. Ha sido un tropezón tonto, un accidente —asevero, limpiándome el polvo invisible de la falda negra—. Apenas y se puede ver en este lugar con la luz tan baja —añado echando una ojeada al ambiente penumbroso de la oficina. Él me sostiene la mirada en absoluto silencio, analizando mi rostro en busca de cualquier señal de mentira o dolor oculto. Ante su mutismo, no puedo evitar que una sonrisa irónica se dibuje en mis labios. —¿Recuerda a los gatos de la historia que le conté? William arquea una ceja de forma casi imperceptible y me mira con una mezcla de incredulidad y desconcierto. —Bueno... este es mi primer rasguño. Y como puede ver, creo que sobreviviré perfectamente —digo antes de girarme hacia el mayordomo—. James, por favor, llama al médico del señor Cavendish. Su pierna necesita una revisión experta tras ese esfuerzo. Yo iré por su almuerzo y sus medicamentos. Anuncio mis pasos con decisión, doy media vuelta y salgo de la oficina hacia el pasillo. Hago una breve mueca de dolor a espaldas de ambos cuando el trasero me da una punzada persistente por el golpe contra la madera, pero me acomodo la camisa blanca, tomo la bandeja pesada de la mesa donde la había dejado y regreso al interior de la oficina sin pedir permiso. Camino a paso firme hasta su escritorio de caoba y dejo la bandeja sobre la superficie limpia. —Va a almorzar todo el solomillo, va a tomarse sus medicamentos a la hora exacta y va a dejar de comportarse como un niño malcriado —sentencio, clavando mis ojos en los suyos. Con eso, doy media vuelta sobre mis tacones para marcharme de la habitación. —¡Tú no puedes hablarme así! —escupe William a mi espalda, alzando la voz con indignación. Me detengo justo en el umbral de la puerta, me giro solo lo suficiente para mirarlo sobre mi hombro y sonrío con fría amabilidad. —Y usted no puede comportarse con todo el mundo como si fuera un energúmeno inaguantable. Con eso, salgo de la oficina cerrando la puerta tras de mí, no sin antes deleitarme con la visión de su rostro desencajado y la mirada de desconcierto que cruza sus ojos ante mi respuesta.
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