El cuero del sofá está frío contra la parte posterior de mis muslos, pero ese contraste se disipa en un segundo cuando el cuerpo de William se acomoda sobre el mío. Siento el peso denso y cálido de su torso presionándome con una posesividad que me corta el aliento. Sus ojos grises, oscurecidos hasta parecer casi negros en la penumbra del estudio, me barren el rostro con una devoción hambrienta. Hay una pequeña vacilación en sus movimientos cuando intenta acomodar la pierna maltrecha. Un leve fruncimiento entre sus cejas delata una punzada de rigidez o dolor en la rodilla, ese recordatorio constante de su accidente que aún no termina de ceder. Noto cómo intenta contener la molestia, ajustando su postura para no dejar caer todo su peso de ese lado, manteniéndose firme sobre los brazos. Lle

