Me quedo ahí de pie unos segundos, sosteniéndole la mirada a William desde la otra punta del pasillo. El eco metálico de las puertas del elevador cerrándose tras de mí parece marcar la frontera exacta de un territorio peligroso. William no se mueve; permanece apoyado con firmeza en su bastón al final del corredor, pero su postura erguida y la intensidad devoradora de sus ojos me transmiten una presión sofocante que se me clava en el estómago. Avanzo despacio hacia él, sintiendo el peso de mis propios pasos sobre la madera pulida y el latido desbocado de mi corazón golpeándome las costillas. Intento aferrarme con todas mis fuerzas a la cordura, a la lógica, a la distancia profesional que se supone debo mantener. Pero en realidad es tan fácil decirlo o pensarlo como hacerlo. —No deberías

