Capítulo 20

4056 Words
Toma la cuchara e intenta colocar la verdura sobre mi plato. —¿Quieres más brócoli? — Aparto mi plato y me levanto de la mesa. —Vas a engordar comiendo tanta grasa— se zarandea la panza. —Este es el precio de la juventud. Tomo una tajada de pizza de la caja. — No gracias nana, prefiero comer pizza— muerdo un pedazo. — Es que no sabes cuan sabrosa es esta grasa— digo con la boca llena. —¿Tan sabrosa como el chico que estaba hablando contigo en la terraza? — abre la boca y disimula sobresaltarse. Mis ojos se abren como platos y me acomodo nuevamente en la mesa. — Te pido que no le digas nada a mi padre— junto mis manos y le pongo cara de perrito mendigando. Me mira con una mueca pérfida y me coloca el plato enfrente. — Comete el brócoli Christina— imputa. Acerco lentamente la verdura agria hasta mi boca y le proveo una mordida. —¿Esta sabrosa? — sonríe permitiéndome ver su dentadura postiza y yo asiento con la cara arrugada. Luego de comer, volví a la terraza, mirando directamente la ventana de Adam, pero él ya se había ido. Como que si nunca hubiera estado allí.   Me estiro y cada hueso de mi espalda cruje. Me levanto ojerosa de la cama y me dirijo al baño para cepillar mis dientes. Como de rutina, el transporte llega al edificio y en cuestión de minutos arribo al instituto; repasando las preguntas del examen en una chuleta. Romina me alcanza en las escaleras subiendo muy deprisa. — ¿Por qué no fuiste a la fiesta de anoche? — dice con la respiración acelerada. Pienso en una excusa y suelto el trapo. —Tenía que estudiar para un examen — abro mi casillero y deposito algunos libros dentro. —Aarón te estaba buscando. Dijo algo sobre ti y luego se fue — hace una breve pausa para recordar. —Algo así como que... te llamaría para invitarte a salir o al menos eso escuche que le decía a Roger. Tiro la puerta del casillero al sobresaltarme. — ¿A Roger? —cubro mi boca con ambas manos. — ¿Y-y el que le dijo? — Mmm... — mueve la cabeza negando. —Nada, solo se despidieron. —Que susto me diste — suspiro y paso la mano por mi frente.   Llego a mi edificio luego de un largo día en el instituto y me subo en el montacargas. Alguien detiene la puerta justo antes de su cierre; Adam y Anica suben conmigo al montacargas. Ella me saluda con un beso en la mejilla y Adam solo me sonríe. La rubia junto a mí, estira el brazo para manosear mi cabellera pelirroja. — ¿Te tiñes la melena? —pregunta. —No— desestimo adecentando los pelos pegados a mi frente. —Es mi cabellera natural. — Tienes una melena muy hermosa, es como estar en una granja repleta de zanahorias — habla sin parar. —Solo he conocido a dos personas pelirrojas en mi vida, a un chico y a ti. —Anica, la estas molestando con tus comentarios intensos—dice Adam poniendo los ojos en blanco. Ella le golpea suavemente el brazo. —Christine no dice nada. Si a ella no le molesta ¿Por qué a ti sí? —Christine no dice nada porque te conoce poco. Si te conociera tanto como yo, seguro que te diría que solo hablas puras majaderas — emboza una carcajada. Las puertas del montacargas se abren frente a mí y me bajo de inmediato. Al caminar por el pasillo, los escucho discutir a mis espaldas y se detienen en la puerta de uno de los departamentos. —¡Christine! — grita levemente y me giro sobre mis talones. —Este es mi departamento, si necesitas algo, solo tienes que tocar —señala la puerta abierta junto a ella y Adam la empuja hasta los adentros. El castaño sale de la habitación y cierra la puerta. — A veces puede ser muy fastidiosa— reacomoda el cabello que cae sobre su frente. —Lo sé— rasco mi cuello—al menos no es mi novia. Tú si tienes que aguantárselas—arruga la frente y me mira desentendido. No le permito responder y me marcho hasta mi departamento.   Me quito el pantalón de mezclilla que me está ajustado hasta la medula y me coloco un suéter enorme aguamarina con el logotipo de un pony en el busto. Me tumbo sobre mi cama y me arropo de los pies a la cabeza. Tomo una siesta y al rato, me despiertan los sonidos de un búho. —Uh, uh, uh—se oye desde la terraza. Me levanto y me dirijo hasta el balcón para buscar al animal, pero solo me encuentro con Adam; metido en mi terraza, sentado en el sillón, con las piernas extendidas y los brazos tendidos en el espaldar. Bajo un poco el suéter a la altura de mis muslos. — ¿Tu eres el búho? —Si— sonríe. —Tú dijiste que no volviera a gritar y pensé que los sonidos de un animal te atraerían, pero no te molestarían. Merodeo los alrededores de la terraza. — Si alguien te ve, me va a matar la nana. — ¿Cuál nana? — dirige su vista hasta la ventana de la cocina. — ¿Aquella que esta allá vigilándonos? — agita la mano para saludarla. Me arrimo apresuradamente hasta él. — ¡Basta! — le aferro la mano alarmada. —No quiero que me metas en problemas, me ha prometido no decirle nada a mi padre, pero tú no me lo facilitas. —Está bien—se levanta del sillón y se acerca a la baranda, pero se gira y agita su dedo. —Me iré, pero solo si vienes a una fiesta esta noche — nuevamente se tallan esas marcas en sus mejillas. —No puedo, tengo que estudiar —me giro precipitadamente y el me jala hacia él. — Adam, es mejor que no insistas. Te conozco lo suficiente para saber que nunca aceptas un no por respuesta. Siempre logras convencer, solo mírate, eres un bastardo muy atractivo — digo irónica.  — Tu también eres una bastarda muy atractiva — nos encontramos muy cerca, tanto que mi busto se cruza con su pecho. — Pero tienes un gran defecto y creo que yo debería ser el primero que te lo dijera — se muerde ambos labios con efervescencia. — ¿Te han dicho que no sabes mentir? —No miento, es en serio, tengo que... Me destraba y cubre sus orejas con sus manos. —No oigo, tengo orejas de pescado—vacila. —Nada de escusas, te enviare un mensaje con la dirección. No puedes decirme que no, solo mírame, soy un bastardo muy atractivo — burla. Da unos pasos atrás. —Tú no tienes mi número — le menciono, lo que hace que se tropiece con el sillón y se reacople rápidamente. Suelto una risotada y el, cruza a la otra terraza. —Anica me lo ha dado—sigue ruta a su habitación mirándome de reojo. Bufo. —¡Anica tampoco tiene mi número! —contradigo. — ¡Una tal Sabine se lo ha dado! — entra la habitación y cierra la puerta. Regreso a mi habitación y un mensaje de un número desconocido me ha llegado; la dirección que me ha ofrecido Adam.   Me doy una ducha y busco en mi armario algo de ropa cómoda para dormir. No iría a esa fiesta, no tenía ni la más mínima gana de asistir. Solo quería dormir y refugiarme en las comodidades de mi cama. Un toqueteo se escucha en la puerta de mi terraza. Me levanto con los ojos pesados y me coloco mis pantuflas de cochinitos. Camino hasta la puerta y la abro al distinguir a Adam del otro lado. —Lindo atuendo— me mira de pies a cabeza. —Es como para dormir, deberías usar algo más casual, como unos jeans y unas botas, esas pantuflas de cerdos tienen unos enormes ojos saltones. —En realidad, dormía — obvié. — Por esa razón estoy vestida de esta manera. Además, por si no lo recuerdas, tenía unas pantuflas idénticas cuando era niña. — ¿Cómo no recordarlo? Nunca te quitabas esas cosas — arruga la cara. —¿No iras a la fiesta? —Por lo visto— bostezo y regreso hasta la cama. Adam me sigue y se mete en la habitación. —¿Qué crees que haces?, lárgate. Me vas a meter en problemas. Abre el armario y saca varias mudas. —Te obligo a ir a la fiesta— coloca un pantalón vaquero y una camiseta sobre mi cama. —¿Por qué razón estarías en problemas? — ¿En serio? —elude. —No es sospechoso que un chico este metido en mi habitación a altas horas de la noche. —En realidad, no. Somos viejos amigos, se supone que antes de que te fueras a Nueva York teníamos una pijamada pendiente. Podríamos hacerla ahora, pero no sería tan divertido como ir a la fiesta. Se acerca a mí e intenta quitarme la chamarra. —¿Qué estás haciendo? —le aferro los brazos e intento apartarlo. —No soy una chiquilla para que tengas que vestirme. Si tan interesado estas que yo vaya a esa fiesta, está bien, pero déjame vestirme— me levanto de la cama y me planto al frente de Adam. —Si quieres puedes quedarte y mirar— sugiero pecaminosa.  Bajo lentamente mis manos hasta los bordes inferiores de la chamarra. Me la subo dejando a la vista mi obligo y luego, procedo hasta llegar más allá de los senos. Adam me mira cada vez que puede, pero no está inquieto, solo permanece excitable. Y yo tampoco me siento intranquila, solo algo estimulada; con el torso d*****o frente a este chico. No le quita el ojo mis pálidos senos. —Has cambiado mucho desde la última vez que te vi desnuda — dice provocado. —¿De qué hablas? Jamás me habías visto desnuda — le contrarío. —Claro que si — avala. —Recuerdo que estabas en sexto de primaria. Te escapaste y dormiste en mi departamento. Me pediste que te tocara los senos, pero en ese entonces eran como tapas de botella y me rehusé. — sus mejillas se ponen rojas. Tomo la almohada de la cama y le golpeo la cara. —Tu tampoco sabes mentir, se te sonrojan mejillas — toco su rostro suavemente. Traga grueso y su cara se pone más pálida que de costumbre. — Esta bien, lo admito, nunca vi tus senos y tampoco me pediste que los tocara. Esa fue otra chica con senos de almohada y si, a esa, si se los toque. Nuevamente le apaleo con la almohada. —Eres un imbécil, Adam — agravio. —Pero, solo por esta vez, te permitiré tocarlos. Solamente porque estoy saliendo con un chico y quiero que me digas que también están. Sin decir palabra alguna, Adam extiende sus manos, las acerca rozando mi busto. Abre la palma de la mano y la planta sobre mis senos, los acaricia dócilmente y se me eriza la piel. Nuestras miradas se conectan y quiero impulsarme a besarlo, pero no lo hago, solo permanezco de pie mirándolo y perdiéndome en sus ojos. —¿Y qué tal? — arrimo sus manos y termino de vestirme. El castaño no objeta ni una sola palabra —¿están tan mal o te comió la lengua el gato? —Si a ese tipo no le gusta tu figura, está completamente loco — cerciora. — Ha-hay que apresurarnos —balbucea el castaño mientras se dirige a la terraza. —¡Christine vamos! Me asomo para observar al chico en la terraza. —Es mejor no ir, puedo despertar a mi padre y a la nana. Se dará cuenta con el chirrido de la puerta. — ¿Y quién dijo que saldríamos por la puerta de tu departamento? Toma la cuchara e intenta colocar la verdura sobre mi plato. —¿Quieres más brócoli? — Aparto mi plato y me levanto de la mesa. —Vas a engordar comiendo tanta grasa— se zarandea la panza. —Este es el precio de la juventud. Tomo una tajada de pizza de la caja. — No gracias nana, prefiero comer pizza— muerdo un pedazo. — Es que no sabes cuan sabrosa es esta grasa— digo con la boca llena. —¿Tan sabrosa como el chico que estaba hablando contigo en la terraza? — abre la boca y disimula sobresaltarse. Mis ojos se abren como platos y me acomodo nuevamente en la mesa. — Te pido que no le digas nada a mi padre— junto mis manos y le pongo cara de perrito mendigando. Me mira con una mueca pérfida y me coloca el plato enfrente. — Comete el brócoli Christina— imputa. Acerco lentamente la verdura agria hasta mi boca y le proveo una mordida. —¿Esta sabrosa? — sonríe permitiéndome ver su dentadura postiza y yo asiento con la cara arrugada. Luego de comer, volví a la terraza, mirando directamente la ventana de Adam, pero él ya se había ido. Como que si nunca hubiera estado allí.   Me estiro y cada hueso de mi espalda cruje. Me levanto ojerosa de la cama y me dirijo al baño para cepillar mis dientes. Como de rutina, el transporte llega al edificio y en cuestión de minutos arribo al instituto; repasando las preguntas del examen en una chuleta. Romina me alcanza en las escaleras subiendo muy deprisa. — ¿Por qué no fuiste a la fiesta de anoche? — dice con la respiración acelerada. Pienso en una excusa y suelto el trapo. —Tenía que estudiar para un examen — abro mi casillero y deposito algunos libros dentro. —Aarón te estaba buscando. Dijo algo sobre ti y luego se fue — hace una breve pausa para recordar. —Algo así como que... te llamaría para invitarte a salir o al menos eso escuche que le decía a Roger. Tiro la puerta del casillero al sobresaltarme. — ¿A Roger? —cubro mi boca con ambas manos. — ¿Y-y el que le dijo? — Mmm... — mueve la cabeza negando. —Nada, solo se despidieron. —Que susto me diste — suspiro y paso la mano por mi frente.   Llego a mi edificio luego de un largo día en el instituto y me subo en el montacargas. Alguien detiene la puerta justo antes de su cierre; Adam y Anica suben conmigo al montacargas. Ella me saluda con un beso en la mejilla y Adam solo me sonríe. La rubia junto a mí, estira el brazo para manosear mi cabellera pelirroja. — ¿Te tiñes la melena? —pregunta. —No— desestimo adecentando los pelos pegados a mi frente. —Es mi cabellera natural. — Tienes una melena muy hermosa, es como estar en una granja repleta de zanahorias — habla sin parar. —Solo he conocido a dos personas pelirrojas en mi vida, a un chico y a ti. —Anica, la estas molestando con tus comentarios intensos—dice Adam poniendo los ojos en blanco. Ella le golpea suavemente el brazo. —Christine no dice nada. Si a ella no le molesta ¿Por qué a ti sí? —Christine no dice nada porque te conoce poco. Si te conociera tanto como yo, seguro que te diría que solo hablas puras majaderas — emboza una carcajada. Las puertas del montacargas se abren frente a mí y me bajo de inmediato. Al caminar por el pasillo, los escucho discutir a mis espaldas y se detienen en la puerta de uno de los departamentos. —¡Christine! — grita levemente y me giro sobre mis talones. —Este es mi departamento, si necesitas algo, solo tienes que tocar —señala la puerta abierta junto a ella y Adam la empuja hasta los adentros. El castaño sale de la habitación y cierra la puerta. — A veces puede ser muy fastidiosa— reacomoda el cabello que cae sobre su frente. —Lo sé— rasco mi cuello—al menos no es mi novia. Tú si tienes que aguantárselas—arruga la frente y me mira desentendido. No le permito responder y me marcho hasta mi departamento.   Me quito el pantalón de mezclilla que me está ajustado hasta la medula y me coloco un suéter enorme aguamarina con el logotipo de un pony en el busto. Me tumbo sobre mi cama y me arropo de los pies a la cabeza. Tomo una siesta y al rato, me despiertan los sonidos de un búho. —Uh, uh, uh—se oye desde la terraza. Me levanto y me dirijo hasta el balcón para buscar al animal, pero solo me encuentro con Adam; metido en mi terraza, sentado en el sillón, con las piernas extendidas y los brazos tendidos en el espaldar. Bajo un poco el suéter a la altura de mis muslos. — ¿Tu eres el búho? —Si— sonríe. —Tú dijiste que no volviera a gritar y pensé que los sonidos de un animal te atraerían, pero no te molestarían. Merodeo los alrededores de la terraza. — Si alguien te ve, me va a matar la nana. — ¿Cuál nana? — dirige su vista hasta la ventana de la cocina. — ¿Aquella que esta allá vigilándonos? — agita la mano para saludarla. Me arrimo apresuradamente hasta él. — ¡Basta! — le aferro la mano alarmada. —No quiero que me metas en problemas, me ha prometido no decirle nada a mi padre, pero tú no me lo facilitas. —Está bien—se levanta del sillón y se acerca a la baranda, pero se gira y agita su dedo. —Me iré, pero solo si vienes a una fiesta esta noche — nuevamente se tallan esas marcas en sus mejillas. —No puedo, tengo que estudiar —me giro precipitadamente y el me jala hacia él. — Adam, es mejor que no insistas. Te conozco lo suficiente para saber que nunca aceptas un no por respuesta. Siempre logras convencer, solo mírate, eres un bastardo muy atractivo — digo irónica.  — Tu también eres una bastarda muy atractiva — nos encontramos muy cerca, tanto que mi busto se cruza con su pecho. — Pero tienes un gran defecto y creo que yo debería ser el primero que te lo dijera — se muerde ambos labios con efervescencia. — ¿Te han dicho que no sabes mentir? —No miento, es en serio, tengo que... Me destraba y cubre sus orejas con sus manos. —No oigo, tengo orejas de pescado—vacila. —Nada de escusas, te enviare un mensaje con la dirección. No puedes decirme que no, solo mírame, soy un bastardo muy atractivo — burla. Da unos pasos atrás. —Tú no tienes mi número — le menciono, lo que hace que se tropiece con el sillón y se reacople rápidamente. Suelto una risotada y el, cruza a la otra terraza. —Anica me lo ha dado—sigue ruta a su habitación mirándome de reojo. Bufo. —¡Anica tampoco tiene mi número! —contradigo. — ¡Una tal Sabine se lo ha dado! — entra la habitación y cierra la puerta. Regreso a mi habitación y un mensaje de un número desconocido me ha llegado; la dirección que me ha ofrecido Adam.   Me doy una ducha y busco en mi armario algo de ropa cómoda para dormir. No iría a esa fiesta, no tenía ni la más mínima gana de asistir. Solo quería dormir y refugiarme en las comodidades de mi cama. Un toqueteo se escucha en la puerta de mi terraza. Me levanto con los ojos pesados y me coloco mis pantuflas de cochinitos. Camino hasta la puerta y la abro al distinguir a Adam del otro lado. —Lindo atuendo— me mira de pies a cabeza. —Es como para dormir, deberías usar algo más casual, como unos jeans y unas botas, esas pantuflas de cerdos tienen unos enormes ojos saltones. —En realidad, dormía — obvié. — Por esa razón estoy vestida de esta manera. Además, por si no lo recuerdas, tenía unas pantuflas idénticas cuando era niña. — ¿Cómo no recordarlo? Nunca te quitabas esas cosas — arruga la cara. —¿No iras a la fiesta? —Por lo visto— bostezo y regreso hasta la cama. Adam me sigue y se mete en la habitación. —¿Qué crees que haces?, lárgate. Me vas a meter en problemas. Abre el armario y saca varias mudas. —Te obligo a ir a la fiesta— coloca un pantalón vaquero y una camiseta sobre mi cama. —¿Por qué razón estarías en problemas? — ¿En serio? —elude. —No es sospechoso que un chico este metido en mi habitación a altas horas de la noche. —En realidad, no. Somos viejos amigos, se supone que antes de que te fueras a Nueva York teníamos una pijamada pendiente. Podríamos hacerla ahora, pero no sería tan divertido como ir a la fiesta. Se acerca a mí e intenta quitarme la chamarra. —¿Qué estás haciendo? —le aferro los brazos e intento apartarlo. —No soy una chiquilla para que tengas que vestirme. Si tan interesado estas que yo vaya a esa fiesta, está bien, pero déjame vestirme— me levanto de la cama y me planto al frente de Adam. —Si quieres puedes quedarte y mirar— sugiero pecaminosa.  Bajo lentamente mis manos hasta los bordes inferiores de la chamarra. Me la subo dejando a la vista mi obligo y luego, procedo hasta llegar más allá de los senos. Adam me mira cada vez que puede, pero no está inquieto, solo permanece excitable. Y yo tampoco me siento intranquila, solo algo estimulada; con el torso d*****o frente a este chico. No le quita el ojo mis pálidos senos. —Has cambiado mucho desde la última vez que te vi desnuda — dice provocado. —¿De qué hablas? Jamás me habías visto desnuda — le contrarío. —Claro que si — avala. —Recuerdo que estabas en sexto de primaria. Te escapaste y dormiste en mi departamento. Me pediste que te tocara los senos, pero en ese entonces eran como tapas de botella y me rehusé. — sus mejillas se ponen rojas. Tomo la almohada de la cama y le golpeo la cara. —Tu tampoco sabes mentir, se te sonrojan mejillas — toco su rostro suavemente. Traga grueso y su cara se pone más pálida que de costumbre. — Esta bien, lo admito, nunca vi tus senos y tampoco me pediste que los tocara. Esa fue otra chica con senos de almohada y si, a esa, si se los toque. Nuevamente le apaleo con la almohada. —Eres un imbécil, Adam — agravio. —Pero, solo por esta vez, te permitiré tocarlos. Solamente porque estoy saliendo con un chico y quiero que me digas que también están. Sin decir palabra alguna, Adam extiende sus manos, las acerca rozando mi busto. Abre la palma de la mano y la planta sobre mis senos, los acaricia dócilmente y se me eriza la piel. Nuestras miradas se conectan y quiero impulsarme a besarlo, pero no lo hago, solo permanezco de pie mirándolo y perdiéndome en sus ojos. —¿Y qué tal? — arrimo sus manos y termino de vestirme. El castaño no objeta ni una sola palabra —¿están tan mal o te comió la lengua el gato? —Si a ese tipo no le gusta tu figura, está completamente loco — cerciora. — Ha-hay que apresurarnos —balbucea el castaño mientras se dirige a la terraza. —¡Christine vamos! Me asomo para observar al chico en la terraza. —Es mejor no ir, puedo despertar a mi padre y a la nana. Se dará cuenta con el chirrido de la puerta. — ¿Y quién dijo que saldríamos por la puerta de tu departamento?
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