Capítulo 13

4485 Words
Una sonrisa se talla en mis labios. —Ya sabes, la gente cool siempre llega tarde a una fiesta— giro sobre mis talones y le rodeo el cuello con mis brazos.  —En realidad, la fiesta no empieza hasta que tu llegas— dice mirando a las personas meneándose a nuestro alrededor. — Bien, que comience entonces.  Olvide todo lo de la terraza, dejaría a Adam mal, pero tampoco quería alejarme de la fiesta. Mi percepción comenzaba a trillarse y me sentía con mucha adrenalina. No me sentía estándar, no podía dominarle, solo corrí hasta la alberca y me zambullí en el agua. Las burbujas transitaban ante mis ojos y podía distinguir a las personas flotando a mi alrededor. Todos nos movíamos agitando el agua. Besos, tragos, folle y juventud en una sola área. Todo se meneaba en cámara lenta, como en una película. Todos mis amigos me rodeaban y los desconocidos no faltaban. Salí de la alberca algo congelada, me coloqué una toalla sobre los hombros para descansar un poco, pero la música en el pasillo me atrajo hacia la pista. Me perdí entre el gentío moviendo las caderas de un lado a otro; agitando los brazos y siguiendo el ritmo de esa electrónica.  Buscaba a Aarón con la mirada, pero encontré a alguien más; Adam estaba sentado al otro lado de la pista. Quizás era él o yo estaba muy borracha. Me miraba y por alguna razón no podía quitarle los ojos de encima. Lo vi levantarse e irse. Me vio ahí y no hizo nada, dolió.  Romina me toco el hombro y desvié mis ojos hasta ella. —¿Qué ocurre?    —Ella es Lila, la amiga que les había comentado — estreche su mano. Era una mujer de cabello cobrizo y ojos verdes.     —La noche es joven, tengo muy buenos tipos para ustedes guapas — dijo pecaminosa moviendo su cola de caballo de un lado a otro; se meneaba con la música. Sabine se acercó a mí.  —¿Estas seguras de que quieres conocer a uno de sus amigos? Salí a la ciudad a hacer unas diligencias. En cuanto me detuve en el cafetín, me di cuenta de que Roger estaba sentado a un lado de la barra; tomando café. Me acerqué y me senté junto a él. Pedí una orden de dos descafeinados para llevar y tomé algunas bolsitas para endulzarle.    —Te ves terrible— digo acomodando un poco de pelo que se ha desaliñado. Roger rio ronco; soplando y tomando de la taza. —Tú también.    —Necesitamos dejar el alcohol— reímos en compás.     —¿Estabas con Adam anoche cierto? — me pregunto sobando sus cienes.   —No sé porque todos se meten en mis asuntos— tomo un sorbo de mi descafeinado. — Se supone que todos hacen lo que les da la gana y no les dicen nada, pero cuando me pasa a mí, todos me juzgan.   —No te estoy juzgando Christine, solo quiero saber— menea la cabeza. — ¿Acaso te gusta Adam?   —Te lo responderé con otra pregunta—era obvio que me gustaba Adam, pero también, en un punto de nuestra amistad, creo que le he terminado gustando a Roger.  —¿Porque todos piensan que me gusta Adam? Roger se voltea desde el asiento, me mira fijamente.  —Hablas tanto de él que no me sorprendería que te gustase— reprocha. —Hemos cambiado; ambos. Y ya no sé si somos amigos siquiera. Solo quiero que me dejen en paz, yo estoy bien con Aarón. No entiendo porque todos me preguntan por él. Me da igual, ahora, solo es el vecino de la ventana del frente —declare con un tono más arrojado, tanto algunos en el cafetín voltearon.     —Pienso que es mucho más para ti que solo tú... vecino—hace comillas con los dedos. Me encojo de hombros y no le presto más atención. —No quiero seguir con el mismo tema de siempre, solo, olvídalo. —Roger frunce el ceño con pique y yo miro a mi alrededor en torno a mi desinterés. —Es hora de que me vaya, nos vemos luego. Salí del local y me fui a casa. Llevaba los víveres para la cena, cafés en el asiento del copiloto y una puntada en las entrañas. No me gustaba pelear con Roger, pero cree que, por ser mi amigo, tiene derecho de reprocharme cosas. No soy su hija, soy su amiga, debería apoyarme, no encasillarme en la horca. Me quito el pantalón de mezclilla que me está ajustado hasta la médula y me coloco un suéter enorme aguamarina con el logotipo de un pony en el busto, se supone que estaba esperando a que la cena estuviera lista. Me tumbo sobre mi cama y me arropo de los pies a la cabeza. Tomo una siesta y al rato, me despiertan los sonidos de un búho. —Uu, uu, uu—se oye desde la terraza. Me levanto y con los pies descalzos, me dirijo hasta el balcón sobre el frio suelo para buscar al ave, pero solo me encuentro con Adam; metido en mi terraza, sentado en el sillón, con las piernas extendidas y los brazos tendidos en el espaldar. Bajo un poco el suéter a la altura de mis muslos. — No puede ser ¿Tu eres el búho? — digo sin expresión.  —¿No podías ser más idiota? Sonríe y muerde su labio inferior. —Creí que cocerías exactamente los sonidos de un animal, ¿ya no estas adiestrada a ellos? — Basta, si viniste a decirme eso, es mejor que te vayas— arqueo una de mis cejas. —Me encanta cuando te molestas. Se te ponen las mejillas rojas y tensas tus labios.  Merodeo los alrededores de la terraza. —Deja de decir estupideces. Quieras o no, tienes que irte. Si alguien te ve, me va a matar la nana. — ¿Cuál nana? — dirige su vista hasta la ventana de la cocina. — ¿Aquella que esta allá vigilándonos? — agita la mano para saludarla. Me arrimo apresuradamente hasta él. — ¡Basta! — le aferro la mano, estaba alarmada. —No quiero que me metas en problemas, me ha prometido no decirle nada a mi padre, pero tú no me lo facilitas. —Está bien, está bien— se levanta del sillón y se arrima al pasamano, pero se desliza nuevamente hacia mí y sacude su dedo. —Me iré, pero solo si vienes a una fiesta esta noche — mis piernas desnudas se estremecen al tallarse esas marcas en sus mejillas. —No puedo, tengo que estudiar— me giro arrebatadamente y el me jala hacia él tomándome del suéter. Nos chocamos muy cerca, tanto que mi busto se cruza con su pecho.  —Adam, es mejor que no insistas. Te conozco lo suficiente para saber que nunca aceptas un no por respuesta. Siempre logras convencer, solo mírate, eres un bastardo muy atractivo —coqueteo irónico. —Tú también eres una bastarda muy atractiva— dice haciendo que su cálido aliento colisione contra mis labios. — Pero tienes un gran defecto y creo que aun nadie ha tenido el valor para decírtelo— puedo ver mi reflejo esculpido en sus claros ojos y algo bombea en mi vientre. —¿Te han dicho que no sabes mentir? Me muerdo ambos labios y alojo mis manos sobre su torso para aislarlo un poco. —No miento, es en serio, tengo que... estudiar.  Me destraba poco a poco al escuchar mi coartada y abriga sus orejas con sus manos. — Nada de excusas, te enviare un mensaje con la dirección. Recuerda que no puedo oír, tengo orejas de pescado—vacila aludiéndose ambas orejas. —¿Y si te digo que no? —insinuó. —No puedes decirme que no, solo mírame, soy un bastardo muy atractivo — burla. Da unos pasos atrás, posando sus ojos sobre mi rostro. —Tú no tienes mi número — le menciono, lo que hace que se tropiece con el sillón y se reacople rápidamente. Suelto una risotada y el, cruza a la otra terraza con entorpecimiento. —Ani me lo ha dado—sigue ruta a su habitación mirándome de reojo. Bufo. —¡Anica tampoco tiene mi número! —contradigo. Se voltea por novísima vez y me giña uno de esos lucidos ojos— ¡Una tal Sabine se lo ha dado! — entra la habitación y cierra la puerta. Me reintegro a mi habitación y un mensaje de un número desconocido ha terminado en mi móvil; la trayectoria que me ha prometido Adam. Guarde el número.   Sentí que alguien estaba parado de tras de mí, su aliento erizaba mi cuello. —Créeme, no necesita más, ella ya tiene un amigo — era la voz de Adam. Quede helada, gire y me tomó de las caderas, yo le seguía los pasos en simetría. Era la primera vez que bailaba con Adam. Las luces se debilitaron, tanto que difícilmente podíamos reconocer nuestros rostros. Una lenta se manifestó, casi como de época. Nos movíamos con lentitud. Mi cabeza estaba sobre su clavícula y la del recostada sobre mía. Levante mi cabeza, Aarón me buscaba, lo veía recorrer el jardín t*****o desde la ventana de la sala. Adam guio mis ojos hacia los suyos, tomo mi mano con fuerza y me llevo hasta una habitación.   —Deberías agradecerme de la que te he salvado, los amigos de Lila son unos casanovas. Te hubieras dado cuenta al instante, pero quería apartarte de una vez y que no pasaras un mal rato. Deje caer un vaso de plástico con cerveza por accidente sobre la alfombra. —No soy una princesa, no necesito que me salven Adam, ¿cuándo entenderás eso? —¿Y qué diablos fue eso? — comenzó a tensarse y tomo un trago de la botella. —Te quedaste helada cuando viste a Aarón. Tuve que esforzarme, créeme, tenía muchas ganas de que supiera que estabas conmigo. Pero le tienes miedo Christine; miedo a aceptar que ya no quieres estar con él. Tuve que sacarte de esa, como siempre, y como de costumbre el que termina como el malo soy yo. —Si, tengo miedo, pero miedo a lastimar a alguien, eso es algo que no tu no conoces — tome una toalla y me arrodille para limpiar la mancha. —Acabo de regresar con Aarón y por primera vez en la vida, no quisiera fallarle a alguien.   —Esa es la excusa más patética Christine. Acepta de una vez que su relación es un total fraude, no te gusta y lo sabes — se tumbó al borde de la cómoda. —¿De qué sirve que estés en una relación si eres infeliz?  Reí hipócrita y limpié la humedad en mis rodillas. —¿Cuándo dije que era infeliz? —No, no lo dijiste. Solo creí que te conocía lo suficiente para presentirlo— se estabilizo y siguió tomando de la botella. —Y tranquila, ya veo que no quieres estar conmigo y está bien, lo acepto. Tus indirectas son las más claras.   — ¡Adam! — clame con las paletas de la nariz abiertas. — ¿Quién rayos dijo que yo no quería estar contigo?   —El que quiere estar, esta. Solo hay dos opciones, lo demás son puras excusas— camino hasta la puerta de la habitación, estaba listo para irse.   — Si, vete, cobarde. Siempre me juzgas, pero no soy yo la que ha ocultado su relación con Ani.   Se inmovilizo, retrocedió y me miro directamente a los ojos con mucha intensidad. — No me iré por cobardía— tomo mi barbilla con sus dedos y acerco nuestros labios. Mi corazón bombeaba con fuerza. Quería sentir el sabor de sus labios. — Me iré por ti— su aliento colisiono con mi piel. Rozo su boca contra la mía, quería seguir el beso, más enardecido, pero se apartó y se fue caminando rápidamente por la puerta. Me senté sobre la cama, respiré hondo. Toque mis labios con la punta de los dedos. Recosté mi cuerpo de las sabanas y me quedé dormida.   — ¿Christine? — pregunta una voz al unísono. —Despierta, tenemos que irnos —me palmea la cien. Sabine me aferro de los antebrazos para levantarme. Tome mi chamarra para envolverme y caminamos hasta el coche de Tom. Transitábamos por la autopista. Romina dormía en el asiento junto a mí, Roger en el asiento delantero, Tom conducía y Sabine perdía su mente en las calles de la ciudad. Empezaba a dolerme la cabeza. —¿Dónde estaba Aarón? —le refunfuñe a Sabine. —Estuvo toda la fiesta buscándote, ya empezaba a preocuparme — articula. —¿Estabas con Adam o me lo imagine? —Si, estuve con él. Esta noche fue terrible— me rozo los hombros para calentarme. Me adecenta los hombros. —¿Ocurrió algo malo? — pregunto. El coche se detuvo en el estacionamiento de mi edificio. —No, solo me beso— reincidí mientras bajaba del vehículo. Ingrese al baño para darme una ducha caliente. Fue la mañana de sábado más apocalíptica. Me dolía hasta el último hueso del cuerpo. —Espero que no se vuelva a repetir lo de anoche—dice la nana mientras prepara más mezcla para panqueques. Pía es una anciana llegando a eso de los sesenta y algo. Siempre usa atuendos con lunares. Ha trabajado para la familia por años. —No paso nada anoche — coloco una tajada de panqueque en mi boca. —entre al departamento y después me fui a dormir sin hacer ruido. —¿En serio? —dice burlona. —¿Quién crees que te recogió anoche de la puerta principal? Carraspeo y tomo un poco de malteada para digerir bien la porción. —No entiendo, en realidad, no recuerdo mucho de lo que ocurrió. —Solo es una advertencia, es mejor que te comportes bien si quieres que le cuente cosas buenas de ti al señor Kavanaugh. —Bien— rezongo. —Pero no le cuentes nada a mi padre. Salí a la ciudad a hacer unas diligencias. En cuanto me detuve en el cafetín, me di cuenta de que Roger estaba sentado a un lado de la barra; tomando café. Me acerqué y me senté junto a él. Pedí una orden de dos descafeinados para llevar y tomé algunas bolsitas para endulzarle.    —Te ves terrible— digo acomodando un poco de pelo que se ha desaliñado. Roger rio ronco; soplando y tomando de la taza. —Tú también.    —Necesitamos dejar el alcohol— reímos en compás.     —¿Estabas con Adam anoche cierto? — me pregunto sobando sus cienes.   —No sé porque todos se meten en mis asuntos— tomo un sorbo de mi descafeinado. — Se supone que todos hacen lo que les da la gana y no les dicen nada, pero cuando me pasa a mí, todos me juzgan.   —No te estoy juzgando Christine, solo quiero saber— menea la cabeza. — ¿Acaso te gusta Adam?   —Te lo responderé con otra pregunta—era obvio que me gustaba Adam, pero también, en un punto de nuestra amistad, creo que le he terminado gustando a Roger.  —¿Porque todos piensan que me gusta Adam? Roger se voltea desde el asiento, me mira fijamente.  —Hablas tanto de él que no me sorprendería que te gustase— reprocha. —Hemos cambiado; ambos. Y ya no sé si somos amigos siquiera. Solo quiero que me dejen en paz, yo estoy bien con Aarón. No entiendo porque todos me preguntan por él. Me da igual, ahora, solo es el vecino de la ventana del frente —declare con un tono más arrojado, tanto algunos en el cafetín voltearon.     —Pienso que es mucho más para ti que solo tú... vecino—hace comillas con los dedos. Me encojo de hombros y no le presto más atención. —No quiero seguir con el mismo tema de siempre, solo, olvídalo. —Roger frunce el ceño con pique y yo miro a mi alrededor en torno a mi desinterés. —Es hora de que me vaya, nos vemos luego. Salí del local y me fui a casa. Llevaba los víveres para la cena, cafés en el asiento del copiloto y una puntada en las entrañas. No me gustaba pelear con Roger, pero cree que, por ser mi amigo, tiene derecho de reprocharme cosas. No soy su hija, soy su amiga, debería apoyarme, no encasillarme en la horca. Me quito el pantalón de mezclilla que me está ajustado hasta la médula y me coloco un suéter enorme aguamarina con el logotipo de un pony en el busto, se supone que estaba esperando a que la cena estuviera lista. Me tumbo sobre mi cama y me arropo de los pies a la cabeza. Tomo una siesta y al rato, me despiertan los sonidos de un búho. —Uu, uu, uu—se oye desde la terraza. Me levanto y con los pies descalzos, me dirijo hasta el balcón sobre el frio suelo para buscar al ave, pero solo me encuentro con Adam; metido en mi terraza, sentado en el sillón, con las piernas extendidas y los brazos tendidos en el espaldar. Bajo un poco el suéter a la altura de mis muslos. — No puede ser ¿Tu eres el búho? — digo sin expresión.  —¿No podías ser más idiota? Sonríe y muerde su labio inferior. —Creí que cocerías exactamente los sonidos de un animal, ¿ya no estas adiestrada a ellos? — Basta, si viniste a decirme eso, es mejor que te vayas— arqueo una de mis cejas. —Me encanta cuando te molestas. Se te ponen las mejillas rojas y tensas tus labios.  Merodeo los alrededores de la terraza. —Deja de decir estupideces. Quieras o no, tienes que irte. Si alguien te ve, me va a matar la nana. — ¿Cuál nana? — dirige su vista hasta la ventana de la cocina. — ¿Aquella que esta allá vigilándonos? — agita la mano para saludarla. Me arrimo apresuradamente hasta él. — ¡Basta! — le aferro la mano, estaba alarmada. —No quiero que me metas en problemas, me ha prometido no decirle nada a mi padre, pero tú no me lo facilitas. —Está bien, está bien— se levanta del sillón y se arrima al pasamano, pero se desliza nuevamente hacia mí y sacude su dedo. —Me iré, pero solo si vienes a una fiesta esta noche — mis piernas desnudas se estremecen al tallarse esas marcas en sus mejillas. —No puedo, tengo que estudiar— me giro arrebatadamente y el me jala hacia él tomándome del suéter. Nos chocamos muy cerca, tanto que mi busto se cruza con su pecho.  —Adam, es mejor que no insistas. Te conozco lo suficiente para saber que nunca aceptas un no por respuesta. Siempre logras convencer, solo mírate, eres un bastardo muy atractivo —coqueteo irónico. —Tú también eres una bastarda muy atractiva— dice haciendo que su cálido aliento colisione contra mis labios. — Pero tienes un gran defecto y creo que aun nadie ha tenido el valor para decírtelo— puedo ver mi reflejo esculpido en sus claros ojos y algo bombea en mi vientre. —¿Te han dicho que no sabes mentir? Me muerdo ambos labios y alojo mis manos sobre su torso para aislarlo un poco. —No miento, es en serio, tengo que... estudiar.  Me destraba poco a poco al escuchar mi coartada y abriga sus orejas con sus manos. — Nada de excusas, te enviare un mensaje con la dirección. Recuerda que no puedo oír, tengo orejas de pescado—vacila aludiéndose ambas orejas. —¿Y si te digo que no? —insinuó. —No puedes decirme que no, solo mírame, soy un bastardo muy atractivo — burla. Da unos pasos atrás, posando sus ojos sobre mi rostro. —Tú no tienes mi número — le menciono, lo que hace que se tropiece con el sillón y se reacople rápidamente. Suelto una risotada y el, cruza a la otra terraza con entorpecimiento. —Ani me lo ha dado—sigue ruta a su habitación mirándome de reojo. Bufo. —¡Anica tampoco tiene mi número! —contradigo. Se voltea por novísima vez y me giña uno de esos lucidos ojos— ¡Una tal Sabine se lo ha dado! — entra la habitación y cierra la puerta. Me reintegro a mi habitación y un mensaje de un número desconocido ha terminado en mi móvil; la trayectoria que me ha prometido Adam. Guarde el número.   Me doy una ducha y escruto en mi armario algo de ropa cómoda para dormir. No partiría a esa fiesta, no tenía ni la más imperceptible gana de asistir. Simplemente quería dormir y refugiarme en las comodidades de mi cama.  Un palpo constante se escucha en la puerta de mi terraza. Me levanto con los ojos sopapos y me coloco mis pantuflas de cochinitos. Camino hasta la puerta y la abro al distinguir a Adam del otro lado. —Lindo atuendo—se cobija en las pecas bajo mis ojos con una guapa sonrisa. —Es como para pijamada, deberías usar algo más imprevisto, como unos jeans y unas botas. —En contexto, dormía — excusé. — Por esa razón estoy arreglada de esta forma. Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo hasta detenerse en mis pies. —Esas pantuflas de cerdos son lo más horrible que he visto en toda la semana.   Golpee su torso con juego. —Por si no lo recuerdas, tenía unas pantuflas idénticas cuando estaba en primero. — ¿Cómo no recordarlo? Nunca te quitabas esas cosas, parecía que las habías recogido de debajo de mi cama — se rasca la nuca y luego arruga la entre ceja. —¿No iras a la fiesta? —Por lo visto— me encojo de hombros, bostezo y regreso hasta la cama. Adam me sigue y se mete en la habitación cerrando la puerta de madera a sus espaldas. —¿Qué crees que haces?, lárgate.  Camina hasta el armario y extrae varias mudas. —Te obligo a ir a la fiesta— deposita un pantalón vaquero y una camiseta sobre mi cama.  —Me vas a meter en problemas. Es en serio Adam, vete— increpo agitando ambas manos.   —¿Y por qué razón estarías en problemas? — ¿En serio? —elude entre dientes cubriéndome con una mantilla. —¿No es sospechoso que un chico este metido en mi habitación a altas horas de la noche? Una sonrisa pícara se esculpe en sus labios. —En realidad, no. A menos que tú quieras hacer algo más.  —¡Basta! — bulle en un tono más fatigado. —Ya olvida tus tontas insinuaciones.   —No son insinuaciones, son propuestas; y muy directas.  Se allega al borde del colchón e intenta quitarme el suéter. —¿Qué estás haciendo? —le aprisiono los brazos e intento quitármelo de encima.  —Te ayudo a vestir.  —No soy una niña para que me domines. Si tan interesado estas que yo vaya a esa fiesta, está bien, pero déjame vestirme por mí misma— me levanto de la cama y me embuto al frente de Adam, casi acariciando nuestros pies. —Si quieres puedes quedarte y mirar— disuado pecaminosa.    —No me importaría ver el contenido— dijo temerario. Si el jugaría a las insinuaciones, yo también jugaría a ver quién cae primero. Resbalo pausadamente mis manos hasta los bordes inferiores de la chamarra, definiendo mis curvas mientras lo hago. Escalo declinando a la vista mi obligo y sin dilación, derivo hasta llegar a más allá de los senos, sacándome la muda por la cabeza, alborotando un poco mi melena. Adam me mira indeliberado, pero no está inquieto, solo permanece excitable, como si estuviera a punto de caer encima de mi cuerpo. Y yo tampoco me siento intranquila, solo algo estimulada; con el torso d*****o frente a él. No se prohíbe contemplar mis pálidos senos y algunas vibraciones recorren sus bazos. —Has cambiado mucho desde la última vez que te vi desnuda— dice provocado mientras toma una bocanada. —Jamás me habías visto desnuda— le contrarío irguiendo mi espalda y ampliando mi busto. —Claro que si — avala. —Recuerdo que estábamos en la secundaria. Nos metimos al armario del conserje y me pediste que te tocara los senos, pero en ese entonces eran como tapas de botella y me rehusé— sus mejillas se tornan rojas, tanto como un par de tomates. Manoseo su rostro dócilmente y atajo mi dedo sobre el punto medio entre sus labios. —Tu tampoco sabes mentir, se te sonrojan mejillas. Traga grueso y su cara se pone más incolora que de costumbre. Amparo mis manos llevándolas hasta mis pezones gélidos. — Esta bien, nunca vi tus senos y tampoco me pediste que los tocara. Esa fue otra chica con senos de torta y si, a esa, si se los toque. Tomo la almohada de la cama y le golpeo la cara. —Eres un imbécil, Adam — agravio. —Pero, solo por esta vez, te permitiré tocarlos. Solamente porque estoy saliendo con un chico y quiero que me digas que también están.   —Christine, con gusto te haré el favor.  Sin detallar término alguno, Adam empuja sus manos con perfección, las avecina rozando mi busto. Planta la palma sobre mis senos y sus dedos presionan los flancos, los acaricia dócilmente y se me eriza la tez. Nuestras miradas se ensamblan y ambiciono impulsarme a besarlo, pero no lo hago, solo permanezco de pie mirándolo y perdiéndome en sus ojos. Nada que arruinase este momento. Marcho un paso atrás, dejando sus manos vacías. —¿Y qué tal? — el castaño no objeta ni una sola palabra mientras me ajusto la camiseta y luego el pantalón vaquero que ha dejado sobre la cama. —¿están tan mal o te comió la lengua el gato? Veo como la tráquea en su cuello se mueve de arriba abajo con ahogo. —Si a ese tipo no le gusta tu figura, está completamente loco — cerciora sin escrúpulos. Lo mire con una sonrisa ladeada, no esperaba que dijera algo así. —Vas mejorando.  —Ha-hay que apresurarnos —balbucea el castaño dirigiéndose con rapidez hacia la terraza. —¡Christine vamos! Me asomo para merodear a Adam. —Es mejor no ir, puedo resucitar del sueño a mi padre y a la nana. Se darán cuenta con la estridencia de la puerta. — ¿Y quién dijo que saldríamos por la puerta de tu departamento?
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