Leía Adrián se había ido hacía tres días, y la ausencia se había convertido en un vacío asfixiante en mi pecho. No era solo el hecho de que no estuviera aquí, sino la forma en que nos despedimos. Lo que dijimos. Lo que callamos. Cada latido dolía, como si su nombre estuviera grabado en mi corazón y cada segundo sin él lo hiciera sangrar un poco más. Pero también sabía que era mi culpa. Nuestra comunicación estaba siendo torpe, llena de silencios incómodos y palabras a medias. Él me escribía todos los días, sí, pero sus mensajes eran más instrucciones que muestras de cariño. “No olvides revisar el correo”, “Recuerda organizar la reunión de la próxima semana”, “Llámame si surge algo”. Y al final, esa única pregunta que parecía más una obligación que un verdadero interés: “¿Cómo estás?”.

