No había cazado nada. La verdad, ni siquiera sentía hambre, pero algo extraño me hacía seguir un pequeño sendero impregnado de un aroma a magia. Llevaba rato rastreándolo, sin saber exactamente qué encontraría al final. A lo lejos, una casa abandonada emergió entre los árboles. Fruncí el ceño. "No recuerdo este lugar..." Me acerqué con cautela, sintiendo cómo el aire se volvía más denso, cargado de un hedor putrefacto. De repente, el olor a sangre golpeó mi sistema como una bofetada. Me cubrí la nariz con el antebrazo y arrugué el rostro en una mueca de asco. —¿Qué mierda...? —susurré, pero mi voz se apagó cuando un matiz familiar en el olor de la sangre me heló la sangre. Era ella. Abrí los ojos de par en par. Erika. El reconocimiento me estremeció. Me lancé dentro de la casa sin p

