—Gracias. —Me va arrastrando hacia su Porsche—. Sube. Mark se reunirá con nosotros allí. —Abre la puerta del copiloto y me insta a entrar en el coche. Si Mark va a estar allí es porque debe de haber dado por hecho que accedería. Derek siempre tan optimista. Me monto en el coche y dejo que Derek me lleve al Gramur, el lugar al que juré no volver jamás. Al divisar el Gramur empiezo a hiperventilar. El apremiante deseo de abrir la puerta y saltar del coche en marcha de Derek es difícil de resistir. Él me observa con una expresión de ansiedad evidente en su precioso rostro, como si intuyera mi intención de salir huyendo. Cuando aparcamos frente a las puertas, Derek rodea el vehículo, me agarra con fuerza del brazo y nos encaminamos hacia la entrada de peatones, donde Mark nos

