Me sobresalto cuando se abre la puerta y entra, desnudo, impresionante y glorioso. Se pone detrás de mí y me coloca las manos en la cintura y la barbilla en el hombro. Nuestras miradas no se separan en una eternidad. —¿No habíamos hecho las paces? —pregunta frunciendo un poco sus hermosas cejas. —Sí. —Me encojo de hombros. Esperaba una retribución mayor que la que acabo de recibir. Sí, cortó en pedacitos el vestido tabú pero, con todo y con eso, hoy ha sido bastante razonable. Es curioso que pueda reducir la masacre de prendas a algo «bastante razonable». —Entonces ¿por qué estás enfurruñada? «¡Porque eres un insensible!» —No estoy enfurruñada —digo un pelín demasiado ofendida. Joder, está claro que sí. Sacude la cabeza y suelta un largo suspiro de cansancio. ¿De

